lunes, 30 de agosto de 2010

Una Hoguera de las Vanidades





Ante todo pido disculpas para aquellos que hayan entrado en el blog y no han encontrado nada nuevo desde el ocho de julio. Todo tiene su porqué, y esto también, pero os aseguro que el porqué no tiene ningún interés, lo llamativo ha sido el cómo, pero eso es historia de otro día. El caso es que estos casi dos meses me han servido para leer mucho, nadar mucho y observar mucho y todo ello junto ha sido como un “reseteo” mental que ahora me llena de ganas de volver a contar cosas que puedan ser de algún interés.
El verano es al año, lo que el medio día es al día entero, momento para parar, descansar un poco y tratar de no hacer nada trascendente. Utilizando un símil alpino, si uno quiere saber algo de una montaña, o de una pared, lo mejor es hacerlo a primera hora o mejor aún esperar al final del día pues es con la luz de costado cuando aparecen las imprescindibles sombras que nos revelan presas y agujeros, fisuras y grietas, viras y resaltes que nos ayudaran durante la escalada, y que nos enseñaran el camino hacia la cima. Al igual que si nos encontramos en una ascensión invernal, las horas intermedias del día suelen ser las más peligrosas pues la posibilidad de aludes y desprendimientos de piedras se incrementa de manera exponencial, por no hablar de lo fatigoso que resulta andar por una nieve derretida por el calor donde las botas se hunden sin compasión paso tras paso, haciendo que la jornada sea todo un peregrinar. Pues con el verano pasa un poco igual, y es que el calor nos aletarga, nos hace lentos y torpes, y ese permanente estado de hastío no ayuda en nada a sacar lo mejor de nosotros mismos. En consecuencia, es mejor quedarse quieto y esperar a climas más frescos antes de enfrentar cualquier nueva empresa o proyecto.
Sin embargo, si hay una actividad que por su condición es precisamente en el periodo estival el momento idóneo para su práctica. Se trata de observar a los demás. Y no me refiero mirar aquí y allá en plan “Voyeur” buscando la tableta de abdominales de aquel o los pechos operados de la de más allá, no, me refiero a descifrar el comportamiento de las personas en un entorno no laboral, y con especial atención de aquellos que conociéndolos desde hace décadas, es ahora cuando situados ya en las capas superiores de sus respectivas pirámides de Maslow, se descubren a sí mismos y ante los demás como son realmente, cerrando de esta manera un particular círculo vital.
Cuando uno lee a todos esos grandes del alpinismo, ya sea Terray, o Rebufatt, Hunt o Herzog, Mallory o Harrer, o el que sea, siempre hay un denominador común en todas sus historias y vivencias: la amistad. Independientemente de la empresa a la que se estuvieran enfrentando, la hermandad de la cordada está siempre presente siendo parte fundamental y condición imprescindible sin la que el fin último de muchas de las aventuras no tendría un sentido completo. Esos personajes tan extraordinarios capaces de subir las más difíciles y peligrosas paredes, no serían tan admirables sin su generosidad para con el compañero, sin su entrega total en el esfuerzo, o sin su sacrificio extremo ante la adversidad del otro. Ya sea durante la propia escalada o durante una terrible tempestad en medio de la noche, ahí arriba siempre están dispuestos a darlo todo por el otro, hasta la vida. Ayudan lo que pueden y más, y cuando las posibilidades de ayudar se agotan, entonces sufren. En su libro La Araña Blanca, Heinrich Harrer cuenta la anécdota de que en la primera ascensión al Eigerwand, vivaqueando la cuarta o quinta noche en la pared, a más de 3750 mts., bajo una intensa lluvia de nieve y granizo y un frio descorazonador, su compañero vienés Fritz Kasparezk se quejaba de que ni siquiera se podía fumar un cigarrillo para calentarse pues todos los que llevaba, se habían empapado al igual que sus ropas y demás enseres. Harrer no protestaba por nada, no obstante, sin que el otro lo apercibiera, el casi sollozaba por no poder ayudar a su compañero; por no tener ni siquiera un cigarrillo seco que ofrecerle. Muchos años atrás, ambos iban en bicicleta por la misma carretera de los Alpes, en Sillian. Al ver las inconfundibles mochilas que portaban, se detuvieron y enseguida entablaron conversación. Pronto Kasparezk se dio cuenta de que Harrer estaba hambriento y no dudó en entregarle toda la comida que había comprado hacia unos momentos animándole incluso a comérsela toda con un elocuente ¡Aquí tienes, come! Ante la mirada sonriente y complacida de su nuevo amigo, Harrer comía con fruición sin sospechar en ningún momento que aquellas peras y melocotones que engullía sin parar, era la única comida con la que Fritz Kasparezk contaba hasta llegar de nuevo a su casa en Viena, a más de quinientos kilómetros de donde se encontraban, pues ya no tenía más dinero. Ahora, bajo el intenso frío, la nieve y la lluvia, Harrer no se quejaba de nada, solo le dolía no poder sacar un cigarrillo seco y decirle a su amigo ¡Aquí tienes, fuma!
Quien me conoce sabe que la mía es una visión más que romántica de la amistad, siempre lo ha sido. Con orgullo y admiración he hablado siempre de mis amigos a los que casi contaba con los dedos de mi mano derecha, pues siempre me han parecido frívolas y detestables aquellas personas que abusan de la palabra amigo con total desparpajo, pues tiene para mí un sentido casi sagrado, incluso bíblico. Por ello, no hay nada que me revuelva más el estómago que la falta de lealtad de un amigo…aunque a la larga, entre amigos todo sea perdonable.
Habían pasado tres años desde que tuve la última vez que contemplé el espectáculo de las sombrillas. El ser humano es territorial y conquistador por naturaleza y por ello busca siempre el entorno más favorable, pero si hay alguien que se identifique en todo su esplendor con ese afán de asentamiento y de posesión de un pedazo de tierra, ese es el “Español con sombrilla”. ¡Dios mío las cosas que se ven en la playa! , ¡Que espectáculo de ataques y defensas, de “miniguerras” en tres metros cuadrados! Ha sido digno de ver, pero bueno, a lo que voy es que en este periodo de observación, aparte de la conquista “sombrillera” matutina y otras miserias, si hay algo que me ha resultado especialmente llamativo ha sido poder ver con mis propios ojos cómo veintitantos años después, aquellos que siempre fuimos amigos solo tenemos que cruzar una mirada para encontrar complicidad y camaradería, y aquellos que nunca lo fueron directamente se diluyen en una cortina de hipocresía y banalidad, entre sillas plegables y sombrillas de playa. Y es que en el camino entre la orilla y la tumbona, o el de la playa al bar de las tapas, muy pocos pasan con dignidad el corte de la hoguera de las vanidades, pues hoy en día pocas apariencias engañan, y en bikini y bañador menos aún. Puede que yo mismo meta algo de barriga antes de ponerme la camiseta, lo confieso, pero de ahí a querer parecer uno de los herederos de los Tudor, hay un tiro de escopeta.
En la edición conmemorativa del Sesenta Aniversario de la Primera Ascensión a la Pared Norte del Eiger, el ya octogenario Harrer finaliza con una especie de epílogo dedicado a la cordada. Él no se refiere estrictamente a ésta como un término exclusivo del alpinismo o de la montaña en general, más bien como una manera de afrontar las relaciones humanas, tanto las profesionales como las personales. Habla de la lealtad, del honor, de la confianza, del respeto, de la generosidad, incluso del amor. De sentimientos y cánones morales que vistos hoy en día parecen sacados de historias antiguas, pero que deberían y deben ser la piedra angular entre camaradas de una cordada; o entre buenos compañeros de trabajo; o entre un matrimonio o una pareja de novios. Pero sobre todo y por encima de todo entre buenos amigos de toda la vida.

Pd. Amigos míos, os quiero.

jueves, 8 de julio de 2010

Historias de una noche de verano.


Esta noche hace un calor terrible. He dejado la puerta del balcón abierta a ver si entra algo de fresco. Hace un rato que se ha levantado un fuerte viento de levante, y ahora mueve las cortinas simulando el aparejo de un velero, trayéndome añoranzas de mar y de olas. Aun sigo muy nervioso, y no me duermo ni para atrás. Las farolas de la calle siguen encendidas, y los sonidos de los cláxones no han parado de quebrantar el silencio de la noche. Abro y cierro los ojos ¡ duérmete ya hombre!-me digo, pero no hay manera. Miro a la terraza, y al trasluz, una sombra me inquieta sin cesar, no se que es, pero paso de levantarme. Cierro los ojos otra vez y me pongo a pensar.

Siempre segundones. Me acuerdo de los años pasados en los que salvo unos cuantos valientes más solos que la una, de vez en cuando sacaban la cabeza del tiesto para decir aquí estoy yo, la frase que más nos repetíamos todos era "mecagoenlaputadeoros, otra vez eliminados". Ya antes de empezar, se nos ponía la mosca detrás de la oreja. Sensaciones agridulces siempre: recuerdos de un pasado pseudo-glorioso en blanco y negro; augurios de éxitos y favoritismos solo fundamentados en la virilidad y en la furia; topicazos en boca de comentaristas hartos de pasar las vacaciones fuera de sus casas, y que sin saberlo anticipaban no solo las actuaciones del presente sino también las del futuro. Derrotas y mas derrotas. España eliminada, tan cierto como que los de siempre pasaban de cuartos. Y al final, el desinterés y la desidia campaban a sus anchas por nuestras cabezas, más pendientes de pasarlo bien en el estío y de no olvidar los exámenes de septiembre, que de aquellos que a base de testiculina se iban a comer el mundo. ¡Siempre nos pasa lo mismo!

Pero estaban aprendiendo. No nosotros, que hasta hace un par de junios no se nos quitaron los prejuicios, por otra parte justos, de los ojos. Aprendiendo ellos, los viejos del lugar y también los jóvenes porque por fin se daban cuenta de que en España, cuando se ha tenido que pelear contra un enemigo, si no se ha hecho por la vía de la astucia y la habilidad, siempre se ha perdido. Hace veintiséis años que hubo un visionario de esto. Un genio que adelantándose a lo que hoy vivimos, fue capaz de adivinar el camino correcto y así conseguir el triunfo soñado: fue Antonio Díaz-Miguel "El Iluminado". El comprendió que si la Selección de baloncesto quería ganara algo alguna vez, lo primero de todo era conseguir el nivel necesario, y para ello, había que enfrentarse contra los mejores desde el principio. Concentraciones a lo NBA; entrenamientos de cada jugada y cada situación; partidos y más partidos, y todo ello hasta que los cinco en cancha jugaran de memoria. Así es como llegaron las medallas de plata en los Juegos Olímpicos de Los Ángeles ´84 y la del Eurobasket del ´87.

Pero lo del fútbol ha sido otra cosa. Mas lento, más progresivo, menos preciso en cuanto a los planteamientos, más penoso. Selección tras selección, los fracasos de acumulaban año tras año. Y entre medias la paradoja incómoda: los mayores pierden siempre y los pequeños, los de las "subs" lo ganan todo. ¿Cómo es posible?. ¡Y encima somos la liga de las estrellas! Si si, ¿pero cuantos jugadores competían en las ligas extranjeras? No había perspectiva. Desde el Mundial de España en 1982 me acuerdo con total claridad de todas las actuaciones de la Selección, al igual que en las Eurocopas. Nunca he sentido mas vergüenza de nuestros jugadores como cuando tras fracasar por enésima vez, los nuestros se volvieron de la Eurocopa de Portugal cada uno por su lado. No eran un equipo, eran unos mercenarios. Un grupo de mamarrachos que antes del primer partido ya se lo habían llevado calentito y que en ningún momento asumían como suya la responsabilidad de representar a su país en dicha competición. Quizá no lo supieran, pero ese día, con esa actitud despreciable, estaba terminando un ciclo de sumisión inmerso en una filosofía conformista y cobarde, y culminado con el desprecio más absoluto hacia un pueblo entero. Ese día, un señor mayor de pelo blanco y gafas repleto de motes y anécdotas, dijo que para jugar en la selección, el jugador que se precie tenia que sentir un escalofrío cuando se pusiera la camiseta roja. Expeditivo, más claro imposible, lo que vino después ya es historia. Cuatro años de desierto y mas penas que gloria. Un mundial con reminiscencias de la antigua soberbia, que desembocó en otro fracaso, pero cuyo enfoque ya era distinto. Ahí ya aprendimos todos: los aficionados a que el oso primero hay que matarlo; los jugadores, que los cuatro o cinco de siempre no necesariamente juegan mejor, pero si que compiten mejor y en eso, en COMPETIR, es donde está la clave.

Los alemanes siguen siendo los más altos, los italianos los más listos, los argentinos los mas luchadores, los franceses los más orgullosos, y los brasileños los más técnicos, todos siguen igual salvo que ahora hay un nuevo orden establecido. Hay una cláusula nueva en el contrato. Una por una, esas cualidades ya no son validas, pues la nueva premisa es que para ganar hay que tener un poco de todas, y la única que cumple con creces el requisito es España. Una Selección que ha aprendido a jugar al fútbol como los ángeles, y que independientemente de lo que pase el domingo que viene, ha dado un puñetazo en la mesa para que todo el mundo sepa que hay un nuevo sitio a donde mirar si se quiere ver a los mejores. Que si en el pasado hubo guerras que enfrentaron a países cuyos hombres orgullosos portaban sus banderas, hoy esas guerras han dado paso a las competiciones deportivas, con igual o mayor dignidad que aquellas. Y que los nuestros, los de la Selección Española, portan con orgullo la suya, por encima de analfabetismos y catetadas de provincias.

Abro los ojos un vez más, estoy sudando a mares, y además me hago pis, es lo que tiene la cerveza...-me digo. Miro hacia la terraza y sigue el viento, y también sigue la sombra inquietante, aparece y desaparece. A pesar de la amenaza, no me queda más remedio y me levanto decidido a llegar al cuarto de baño. La operación es rápida y enseguida estoy acostado otra vez, pero a diferencia de antes, ahora no hay nada que me asuste. Cierro los ojos y sonrió mientras me digo-¡joder! ¡como ondea la bandera de España con este viento!

martes, 6 de julio de 2010

El hombre que dejó morir a su hermano.

Me he referido a el varias veces como el alpinista mas grande de la historia, y hoy voy a tratar de contar por qué es así. Messner es como el enfant terrible del montañismo clásico: siempre contra corriente. Es de esos tipos que aunque muchas veces no estas de acuerdo con sus opiniones o acciones, siempre sabes que lo que dice y hace tiene un sentido real, y que sus razones llevan detrás una experiencia vital que las avala.

Messner nació a finales de la 2ª Guerra Mundial en 1944, en el seno de una familia en la que su padre, maestro de escuela, había sido escalador en su adolescencia, pero que muy pronto se vio envuelto en mitad del conflicto bélico, y tuvo que abandonar su afición a las paredes de roca. Vivían en el Tirol del Sur y, aunque oficialmente la zona pertenecía a Italia, el sentir del padre así como del resto de la población se acercaba más a las costumbres y modo de vida alemanes. Por ese motivo, tanto Reinhold, como el resto de sus hermanos portaban nombres germánicos sin posibilidad de ser italianizados.

Junto a su hermano Ghunter, pronto se convirtieron en los mejores y más intrépidos escaladores de la zona, acometiendo a los quince años los mas complicados problemas del macizo del Odle. Reinhold era el mayor, y por tanto siempre era el primero de cordada, y el que asumía la mayor responsabilidad. Su manera de escalar era entonces ya una lucha contra los estereotipos. Si los demás llenaban la pared de pitones para poder subir asegurándose desde el principio, ellos no clavaban casi ninguno, por lo que la velocidad y la exposición con las que subían era infinitamente mayores que lo que el resto conseguían.

Con veinticinco años se enroló en su primera aventura en grandes alturas, con una expedición a los Andes en la que abrió vías en sendos picos de más de seis mil metros. Tras eso, escaló las paredes más altas y difíciles de los Alpes, y muy pronto fue llamado para formar parte de un intento al Nanga Parbat por la pared del Rupal: la pared de las paredes del Himalaya. Su hermano Gunter también fue invitado a la expedición. Era el año 1969 y las cosas en el campamento base no iban bien. Messner estaba acostumbrado a hacerlo todo en función de sus propias iniciativas, y en aquella ocasión no iba a ser menos, aunque su jefe de expedición tuviera sus más y sus menos con él. Por ello, la noche de cumbre no le falto mucho para decidir que se iba para la cima solo, dejando a Gunther y a otro compañero en la tienda. Tomo esa decisión cuando erróneamente le habían avisado desde el campo base que el mal tiempo era inminente. Hacer cumbre y bajar deprisa serían sus objetivos, pero algo se descontroló. Sin saberlo Messner, también su hermano había salido e iba tras él. Cuando de repente lo vio entendió que todo había cambiado; se dio cuenta de que volvía a tener que ser el responsable de su hermano en una escalada. Las cosas se torcieron tanto que ocurrió lo peor: dos noches de vivac; perdidos en la pared sin saber dónde estaba la escapatoria; su hermano poco a poco perdiendo opciones de vida. Posiblemente fuera un alud, aunque ni siquiera Messner lo tiene del todo claro. El caso es que en una zona de exposición extrema al derrumbamiento de seracs, de repente el menor de los hermanos ya no apareció.

Ni que decir tiene que las andanadas de críticas no tardaron en ser lanzadas. Se puso en duda todo. Desde sus intenciones en la pared hasta su actuación con respecto a su hermano, pasando por las cuestiones morales y de egos. El caso es que siendo un drama del que jamás se recuperaría, este dramático acontecimiento supuso un giro de 180º en su concepción de la aventura: a partir de ahí iría solo.

Messner ha roto barreras que la ciencia de la montaña pensaba que eran infranqueables. Suya es la primera ascensión al Everest sin oxigeno y en solitario, y fue él el primer hombre en subir los catorce ochomiles, también sin oxígeno. Frente a la manera clásica de acometer un coloso del Himalaya, en la que la conquista era todo un asedio militar con toneladas de material; cientos de sherpas; múltiples equipos de ataque, el se enfrento al octavo kilómetro siempre anteponiendo su concepto alpino. Poco material, pocos días de ascenso, un día de descenso. Y cuando completó esa etapa de su vida, decidió que había otras aventuras que imaginar.


Como dijo Ransmayr, la tierra y las distancias sigue siendo enormes, a pesar de que los viajes ya no duren tanto. Y este axioma impulso a Reinhold a tratar de cruzar las mayores extensiones del globo, por más duras e inhóspitas que fueran. El desierto de Gobi; Groenlandia; las llanuras del Tibet...meses y meses de travesías en solitario porteando todas las posibilidades de existencia en una mochila o en un trineo. Máximo riesgo, máxima exposición. Hacer mucho con muy poco, esa es la filosofía.

Este tirolés ha consagrado toda su vida a la aventura extrema, sin mezquindades, sin especulaciones. Pero también ha sido un referente literario (todos sus libros son best seller en literatura de montaña) y filosófico. Sus teorías sobre las normas establecidas; la moral y la no-moral; la vida y la muerte; o la existencia en sí, han sido y son siempre motivo de debate. Ha llegado a ser Europarlamentario y casi con cierto perfil de filántropo ha creado un proyecto museístico, que actualmente dirige.

A mí de Messner no me gusta todo. Cuando le lees o le escuchas, siempre notas un cierto desdén al resto de los mortales. No es que sea incapaz de valorar los logros de los demás, lo que pasa es que al hacerlo, el siempre queda por encima. Es como si dijera -muy bien tío, lo que has conseguido es duro, pero es duro porque lo digo yo, que ya lo he hecho antes. ¿Prepotente?, puede ser, pero acaso no lo somos todos un poco. Sin embargo, Messner siempre nos puede dar una lección suprema: la de la superación. Muchos le han preguntado por qué ha logrado él y no otros todas esas proezas deportivas y la respuesta es definitiva: Por el fracaso. He fracaso tantas veces que he aprendido a levantarme e intentarlo de nuevo.
Yo creo que no se puede tener más razón. Querer ganar en algo y no prepararse para ello es un contrasentido y por ello debemos asumir la derrota como una posibilidad que también se encuentra en el camino. La grandeza del ser humano radica en que ha aprendido a convivir con el fracaso y por ello es capaz de enfrentarse una y otra vez a la derrota, pero también a la expectativa de una nueva aventura. Como él dice, si un niño solo conoce la victoria, cuando sea adulto y pierda se quedará bloqueado. Cuando se consigue una cima, se pierde el objetivo y la motivación. Por contra, si no se consigue, el reto sigue vivo, y con ello el deseo de la victoria. Messner asumió la derrota siempre. Ya de niño y adolescente muchas paredes no se doblegaron ante su empeño, y con solo veinticinco años se le mostró el lado más crudo de la aventura cuando no consiguió arrancar de las garras de la muerte a su hermano. Aun así, y a pesar de las críticas feroces que le llegaron, el no se limitó a darse por vencido y claudicar, sino que siguió adelante por el camino de la excelencia y la superación deportiva.

PD. Hoy juega España la semi-final del mundial de fútbol de Surafrica y aunque puede sonar ventajista pues los éxitos de los deportistas españoles son apabullantes ¿no tenemos en ellos un ejemplo manifiesto de la superación de la que habla Messner? ¿o es que acaso los españoles no hemos sido siempre perdedores profesionales?

lunes, 28 de junio de 2010

No todo es el Mundial.


Ya se que estamos todos enganchados al lo que pasa allá por Surafrica, y es normal, sobretodo mientras siga jugando España. Cuando se juntan el colorido de un estadio repleto de gente y los sonidos del fútbol (que no las puñeteras trompetas) es todo un espectáculo. ¡Pero hay vida más allá del Jabulani y Sara Carbonero! ¡Porque el día 3 de julio empieza el Tour de Francia!

Solo hay que visitar la pagina oficial del Tour para descubrir que el recorrido de este año va a ser todo un recital de grandes puertos de montaña. Entre otros se suben la Colombiere,La Madeleine, Pailhères, Balès, Aubisque, Tourmalet, Aspin, Peyresourde, Marie- Blanque...solo de pensarlo asusta. Si el año pasado la carrera francesa pasó de puntillas por los Pirineos, esté año han puesto toda la carne en el asador, dejando los Alpes en un plano en principio no tan decisivo. Es en los Pirineos donde los españoles se han crecido siempre, y donde aún resuenan los ecos de los aficionados animando a los nuestros en la carretera.

Hay montones de historias alrededor del Tour, no en vano es la madre de todas las carreras ciclistas, y este año además se cumplen los cien años desde la primera participación de un español. Fue en la edición en 1910, y el primero en acudir a la llamada de la grande boucle se llamaba Vicente Blanco y le apodaban "el cojo". Este bilbaino, convencido por su entrenador tras sendos logros en los campeonatos nacionales, se presentó en la ciudad del Sena después de cruzar dando pedales toda Francia. ¡Si Si!, no se fue en coche no, se fue en bici. "El cojo" no duró mucho aquel año, y es normal, pero ese gesto de osadía abrió las mentes de nuestros compatriotas y desde entonces la presencia de equipos y ciclistas españoles ha sido constante.

No me voy a ir a los tiempos de Federíco Ezquerra, Cañardo, Loroño o Bahamontes, quizá están demasiado lejos, y además no hace falta. Prefiero quedarme en los últimos veinte años, en los que el Tour, con permiso del tejano, ha pertenecido a los españoles. Ocaña contra Merckx; Pedro contra Lemond, Fignon, Roche, Rook y Parra; Indurain contra el mundo entero. Segun cuentan, Luis Ocaña era un incomprendido. En Francia era "el español", y aquí "el francés". Llegaron a impedirle competir con la seleccion nacional por presunto comunista, aunque independientemente de que lo fuera o no, gritaba a los cuatro vientos que él era más español que El Caudillo. "El canibal" le describío como su mejor rival, y si bien solo consiguió ganar un tour, entorno a él se produjo una de las anécdotas mas nombradas del ciclismo. Era el año 1971 y Ocaña vestía el maillot amarillo de lider de la carrera. Bajaban el Aspet, con un granizo tremendo. La carretera no es que estuviera mojada, es que había tres dedos de arcilla y barro. En una curva, Luis se cae, y le envisten dos corredores, adiós Tour. Merckx era su mayor enemigo, pero cuando vio a este en el suelo, paró su bici y dijo que no seguía. Así no. A duras penas llegó dando pedales a la meta del Portillon donde habia ganado otro español, pero ese día daba igual, porque a Ocaña se lo llevaban en helicoptero a una clinica. Esa noche en el hotel, entre llantos, Eddie Merckx se negaba a salir al día siguiente, y solo porque de esa decisión dependía que sancionaran a todo el equipo y porque el director de la carrera le convenció, aceptó salir al día siguiente, eso si, sin vestir el amarillo de lider en homenaje a Luis Ocaña.






¡Qué decir de Pedro Delgado! Escalador puro, de arrebato y valor. Indomable. De los que te levantaban del asiento cuando se quedaba rezagado del grupo de cabeza, y con ese gesto echaba una ojeada a sus rivales, metía el plato grande y soltaba un hachazo decisivo. Pedro ha sido siempre mi favorito. Con esa cinta en el pelo, con esos despistes, con esa clase. Perico gano el Tour del ´88 pero pudo haber triunfado en otros dos: en el ´87 y en el ´89. El año que ganó, se puso lider en Alpe d´Huez como los grandes, y de ahí a Paris. Al año siguiente era el máximo favorito, pero la desgracia se cebó con el. Y no fue en forma de caida o lesiones. Ni siquiera se trato de su estado de forma, tan bueno o mejor que el año anterior. No, se trató de un despiste. La fatalidad conspiró para que un reloj de plástico regalado por Mario Conde, y los vericuetos de las calles de Burdeos, retrasaran en la salida de la prólogo contra el crono más de dos minutos al bueno de Pedro. Hizo un Tour impresionante, y sin ese despiste, hubiera ganado seguro. Aun así se subió tercero al podio de los Campos Elíseos, más feliz incluso que un Fignon que por haberse confiado en la última etapa quedo finalmente segundo.

El tercer gigante de la historia de hoy no puede ser otro más que Indurain. En una ocasión, a Bugno le preguntaron si el navarro le parecía un extraterrestre. El contesto - Si, el Tour lo corremos "ET" y 180 más. Yo soy de carne y hueso, él es de hierro. A Indurain se le recuerda vestido de amarillo, y de esa guisa apareció aquel año en la portada de L´Équipe, con las letras "ET" encima de la cabeza. Su participación en la ronda francesa había comenzado varios años antes. Siembre bajo la tutela de Echavarri y siguiendo sus buenos consejos, su explosión no ocurrió hasta que este quiso, nunca antes de 1991. Bien es cierto que en el ´90 ya había dejado huella, pero su avasalladora tiranía comenzo al año siguiente, y se mantuvo durante un lustro. Indurain nos quitó la siesta, e incluso por su culpa, en Congreso de los Diputados aplazó sesiones. El no ganaba etapas, el ganaba en Paris, y mientras tanto, el resto le rendían pleitesía y recogian las migajas que les dejaba. En el ´92, en la cima de Alpe d´Huez, Indurain dejo ganar a Giani Bugno porque cuando llegaban, le miro a la cara y penso que se lo merecía. Yo le recuerdo de dos maneras: una, en lo puertos, desesperando a los rivales con un gesto siempre imperterrito; como si no sufriera; control total. Otra, en las cronos. Indurain no es que fuera más rápido que el resto, no. El resto se mataban por la cadencia, por mover el 55/11, por subir la media... hacían lo que podían. Miguel no, el directamente volaba.



No he hablado de Arroyo, que fue otro grande, ni lo voy a hacer de los Sastre, Pereiro o Contador. Del primero porque sus contemporáneos dan muestra de la clase de héroes que eran, incluido Angel. Y de estos otros por un motivo más personal.Creo que aun se lo tienen que ganar. A mi me ha gustado y me gusta mucho Amstrong porque es un competidor nato. Es insaciable e inconformista. Sinceramente creo que no ha tenido rivales a su altura, y los que podrían haberle puesto contra las cuerdas, no lo hicieron por falta de osadía, pero es un luchador y eso lo sigue demostrando con 39 años. El Tour de Sastre fue mediocre; el de Pereiro un escándalo; y los de Contador descafeinados.

¿Y por qué ver este año el Tour? Pues precisamente por eso, porque la sorpresa puede saltar en cualquier curva de las carreteras francesas, en cualquier repecho de los "puertarracos" que se van a subir, en cualquier recta de las cronos que van trazar. Y porque no hay nada escrito de antemano y una carrera como esta siempre nos puede hacer pasar una tarde memorable. Vive le Tour!

Breverías: banderas en los balcones.



Soy un ferviente defensor de los símbolos y la liturgia de los actos. Cuando hice la mili, me acuerdo que una tarde, después de la instrucción, pedí permiso para hablar con el subteniente de mi brigada para quejarme por la falta de entrenamiento que teníamos y el ridículo que hacíamos desfilando al lado de una compañía de Infantería de Marina que ensayaba con nosotros el desfile de la Jura de Bandera.Casi me arresta, pero yo insistí e insistí en que había que practicar más, y le ponía como ejemplo a los Infantes, y cómo a ellos les salía perfecto. ¿qué quieres, que estemos todo el día desfilando? - ¿y por qué no?-pregunté-¡si estamos aquí habrá que hacerlo bien!¡se trata de eso!.

Hoy viendo los partidos del Mundial, me emociono con el himno de España, no lo puedo evitar. Cuando aparecen en la tele los equipos en formación escuchando los himnos de sus respectivos países, creo que es algo sublime. Me da igual que algunos de los "nuestros" miren para abajo, o hagan como que se les pierde la mirada; en realidad los siento por ellos, por su ignorancia y por su analfabetismo: además la culpa no es suya, es de quien no les permitió entender lo que es ser español y lo que es España. Pero como digo, no solo me impresionan los nuestros. No, me invade un respeto absoluto cuando cada uno de los once que van a jugar, sean de donde sean, cantan, tararean o escuchan con marcialidad el himno de su país.

En España ocurre un fenómeno único en el orbe. Somos el único país del mundo que en el que a sus habitantes les da pudor o incluso se escandalizan ante los símbolos patrios. Si no es por la celebración de un evento como el Mundial o la Eurocopa, eso de sacar la bandera de España a la calle es una rareza absoluta. ¿Por qué? Es una buena pregunta. Con Guerra Civil y politiqueos de por medio, hay teorías y teorizadores a patadas, pero lo cierto es que por mucho que se diga, es absolutamente un contrasentido. No se, pero a mi me da una alegría enorme darme un paseo por mi pueblo, o por Granada, y ver como los días que juega La Selección Española, las banderas colman balcones y terrazas por todas sitios. El deporte une, o debería unir, y cuando el deporte se practica enfrentando en buena lid a dos equipos que representan un país, la comunión que se produce entre aficionados de una misma procedencia es siempre digna y honorable. Me enorgullece ser español, y como tal, me hago responsable de ello, y con honor y alegría mañana sacaré mi bandera al balcón para que todo el mundo la vea y se pueda alegrar conmigo.

miércoles, 23 de junio de 2010

Deber de Auxilio.



El objetivo era la Oeste del Mulhacén, y si acaso algún otro pico más. Sábado por la mañana y nos recoge Antonio "El Alce" en casa de Fernando Navarro. En el coche también vienen Pepe Baena y Manolo, hermano de Fernando, con cara algo desencajada pues al amigo "Alce" conduce a lo "portugués". José Alberto, Fernando, y yo metemos mochilas y demás impedimenta y ¡hala!, camino para La Hoya del Portillo. El trayecto en el Nissan Patrol se hace pesado. A pesar del nerviosismo propio de lo que viene, y de la charla que es amena y divertida, la verdad es que Antonio conduce de pena, y el curveo de la carretera no ayuda nada. Por fin llegamos, son cerca de las once de la mañana. En realidad tampoco hay prisa, pues hoy nos conformamos con llegar al Vivac de la Caldera, y ya mañana haremos cumbre.

"Muerto" arriba, y a caminar. Por delante unas cuantas horas hasta el Refugio del Poquerira, donde paramos a comer y continuamos el ascenso. Subimos siguiendo el curso del río, así que no hay mucha complicación, solo pendiente. Al vivac llegamos a las cinco de la tarde, una hora magnífica, demasiado, da tiempo a que se ocurran ideas. En la aproximación se ve perfectamente la cara oeste de la montaña. Se ve gente cerca de la cumbre, los colores chillones de las chaquetas no dejan lugar a dudas. Aún estamos en noviembre, pero durante el otoño ha habido suficientes precipitaciones y hace horas que pisamos nieve. A esa hora de la tarde comienzan a aparecer las sombras y en la umbría empieza a hacer frío. ¡Ya está!, de repente alguien sugiere que podemos subir ahora el Mulhacén, y mañana otra cosa. Nos miramos y todos de acuerdo, ¿por qué no? Llendo bien, es una hora larga hasta la cima, y aunque se hará de noche en el descenso, llevamos los frontales por lo que no hay problema. Dicho y hecho. Soltamos lastre en el vivac, y para arriba, ¡esto marcha!.

Voy en cabeza. Me encuentro en forma, y subo rápido de verdad-si sigo así me lo cargo en menos de una hora-pienso. Ya estoy en el último tramo y de repente, encaramados a unos salientes de roca, aparecen cinco individuos: los que se veían desde abajo. Me gritan algo, pero estoy lejos y con el viento no les oigo bien. Me acerco a su altura, y uno de ellos, sin anestesia me dice- ¿Sois el grupo de rescate?. Me quedo flipado. ¿Grupo de rescate? ¿De rescate de quién? -¡No podemos bajar!-grita otro. No reacciono. En realidad no entiendo porque me están diciendo eso, y de ninguna manera me siento capacitado para asumir algo tan preocupante. Además esa altitud le ganas media hora al sol, por lo que todavía hay mucha luz y quieras que no da margen, así que les digo que se tienen que esperar, que vamos a hacer cumbre y que ahora bajamos a ayudarles. Parece una broma.

Sigo subiendo.Las botas son prestadas (unas Salomon de mi hermano Francis) y los crampones, de correajes simples, también. De repente, me tengo que parar otra vez -¡mierda! se me ha soltado un crampón. Me cabreo, pero me tengo que aguantar. Hay que desatarlo completamente y volverlo a ajustar -en fin, que le vamos a hacer. Con todo esto ha dado tiempo a que el resto me alcancen. Pasan por mi lado, y mientras lo hacen, les digo que los de abajo tienen problemas y que necesitan ayuda. Tampoco me hacen demasiado caso. Llega "el Alce". Lleva una Handycam Sony de las antiguas, esas amarillas que decían que les podia caer agua. Le digo que me la dé, que los últimos metros, como me quedo rezagado, los grabo yo. Me acabo de atar los hierros y continuo, esta vez grabando a lo Jean Christophe, con comentarios y todo. Son un poco más de las seis. Llego a la cumbre, todos me esperan. Nos abrazamos como es costumbre. Ya está anocheciendo por poniente y nos hacemos unas fotos chulísimas. Oye -dice alguno- ¿qué vamos a hacer con estos? ¡parece que no pueden bajar!.

Es la una de la madrugada y llegamos al vivac. Pepe se pone a hervir agua para hacer sopa, mientras todos sacamos lo que llevamos de comer y lo ponemos encima de la gran mesa de madera que hay bajo el techo de uralita. Dentro de refugio hace más frío que fuera, y huele fatal, como siempre. El aire se condensa en el techo, así que siempre hay humedad, y el olor a humanidad de los habitantes casuales no es precisamente Channel Nº5. Hay montañeros durmiendo dentro del refugio, algunos se han despertado al oírnos entrar y ahora nos están preguntando qué es lo que ha pasado ahí arriba. Que han visto las luces de los frontales en la cara oeste pero que se movían muy lentamente (¡Anda que habéis subido a preguntar!-pensamos algunos)

Estamos cansados. Han sido mas de cinco horas bajando a esos cinco descerebrados y nos las hemos tenido que ingeniar de mil maneras. Daba igual que fueran unos inconscientes. Daba igual que estuvieran allí arriba sin ropa, ni calzado, ni crampones, ni arneses, ni la menor de idea de donde habían subido. Ni siquiera importaba que encima nos vinieran con que eran los miembros de un Club de Montaña de Córdoba. Ni que la estupidez y el desconocimiento les hubiera hecho obviar que la nieve blanda por la que fácilmente habían subido tallando escalones a zapatazos, en cuanto bajara la temperatura se iba a convertir en hielo. Daba igual. Les bajamos y les dejamos a buen recaudo en el carril de la Carihuela, porque era lo que había que hacer y punto. ¡Joder tíos, si mañana bajáis por el Poqueria os pagamos un choto, os lo debemos!-creo que dijo alguno.

Por lo visto viene en la Constitución, en el artículo treinta o por ahí. Dice algo de que los españoles tenemos el deber de ayudar y prestar socorro cuando alguien está o puede estar en peligro. Y cuando, como en este o en otros inviernos, hemos visto tanto accidente y tanto rescate por todas las montañas de la Península, siempre me pregunto porque siempre salen los mismos esgrimiendo que los montañeros son todos unos trastornados y que hay que cobrar los rescates sea como sea-¡ahora que lo paguen!. De verdad que no lo entiendo. Osea, encima de que "el perdido" lo pasa de pena, si sobrevive le arruinamos a el, y si no a su familia.

Toda la vida, antes de que la Guardia Civil (hace muy poquito) y los Bomberos (aún menos), se encargara de los rescates, estos los hacían los montañeros. Hoy nadie lo recuerda, pero por ejemplo los más famosos rescates alpinos en España-los del Naranjo de Bulnes, allá por los setenta- los realiza la Federación Española de Montañismo, coordinados por el difunto Felix Méndez, y llevados a cabo por el indomable Cesar Pérez de Tudela. Éste, acude al "Pícu" no como policía, que era a lo que se dedicaba en ese momento, acude como montañero, aprovechando sus conocimientos de la pared y que en el club con el que salía en Barcelona, tenían un torno "Poma", con el que podrían realizar el rescate en mejores condiciones. Como narra en su libro "S.O.S. En el Naranjo de Bulnes", aquello les costaba el dinero, el material, y por encima de todo se jugaban la vida, y nunca les pagaron por ello, pero los cadáveres de Lastra y Arrabal, de Berrio y Ortíz, había que bajarlos de la pared como fuera.
Por eso me pregunto hoy, como es posible que, con grupos especializados y super-preparados de la Guardia Civil; con Bomberos que forman parte agrupaciones especificas de salvamento en alta montaña; con todos los medios que están a su disposición, encima haya alguien que pretenda darle un sablazo económico al desgraciado de turno que lo único que pretendía era pasar un fin de semana en la montaña. ¡Coño, si lo pagamos en los impuestos!

La noche fue como todas las de los refugios: ganas de mear sin ganas de salir del saco, pero que al final sales porque sino te lo haces encima; sinfonía polifónica de ronquidos (el que más ronca siempre te toca al lado); y expulsiones de metano en plan bombardeo de Napalm en Apocalipse Now. Aun así, nos levantamos tarde y al asomar por la portezuela del vivac ya era de día y con sombras. La mañana era extraordinaria pero no teníamos mucho cuerpo de aventura, por lo que desayunamos lo que nos quedaba de comer y tras esto, recogimos todo y nos limitamos a darnos un agradable paseo por los alrededores, con los Crespones de Río Seco de silenciosos testigos. En el descenso al Portillo pasamos de nuevo por el Refugio del Poqueira, y allí se encontraban nuestros "amigos" de Córdoba. Supongo que de vez en cuando alguno se acordará de aquello, y lo mismo se da cuenta de lo que vivieron realmente aquella noche. Les dijimos lo del choto, pero ademas de descerebrados, eran unos tiesos...¡manda huevos!.

lunes, 21 de junio de 2010

Eigerwand: Toni Kurz y la Travesía Hinterstoisser.



No se nada de roca. Mi arnés no me ha sostenido en ninguna pared de renombre, ni de nombre. Ni siquiera he cambiado las bailarinas que tengo desde hace más de 12 años, cuando uno de mis hermanos me las regaló por navidad. Ahora que lo pienso, incluso la cuerda que tengo era de un amigo, o de su hermano o algo así. Definitivamente, trepar no ha sido lo mío. Pero cuando veo una pared, por algún motivo, siempre trato de averiguar e imaginar las posibles vías de subida. Y mis ojos, siempre se esfuerzan en comprobar si está o no equipada, o si hay alguien colgado en ella.

Mi referí a Mallory como uno de los referentes del montañismo, y para mi no hay nadie como él. Messner es el más grande, y lo mantengo, pero Mallory era otra cosa. En las montañas me pasa algo parecido. El Everest es lo máximo, no solo es aquel que empieza donde termina el resto de los ochomiles. Es más, es la justificación plena de que la dificultad de una cima radica por encima de todo en la altitud. No obstante, al igual que está Mallory en otra categoría, también lo está el Eigerwand: la cara norte del Eiger.

A parte de donde está, en qué macizo, y demás descripciones, desde el punto de vista estrictamente técnico, el Eiger es como cualquier montaña. La altitud de 3970 mts. no es nada extraordinaria, y salvo la pared norte, las otras vertientes son bastante normales. Pero eso de de llamarse Ogro (traducción del alemán Eiger)tiene su explicación. Y es que si hablamos del Eiger , hablamos de muerte. Desde 1935 han fallecido más de cincuenta montañeros en la pared norte, y desde el primer intento hasta nuestros días, intentar el Eiger ha sido, es y sera una osadía alpinistica que pone los pelos de punta al más pintado. Como digo, en esa cara se ha cobrado medio centenar de vidas, y entre ellas las de dos de los más grandes escaladores españoles de todos los tiempos: Ernesto Rabadá y Alberto Navarro que fallecieron en 1963.

Pero hoy no me he propuesto hablar de estos dos "Monstruos del Granito", pues merecen capítulo aparte. No, de quien quiero hablar es de una cordada formada por cuatro jovenes alpinistas que escribieron una de las páginas más trágicas pero a la vez gloriosas e impresionantes de la historia de la escalada.

Era el verano de 1936. En España acabábamos de empezar a liarnos a tiros, mientras que estos cuatro valientes, decidieron enfrentarse al "último problema" alpino por resolver. La Walker, las Jorasses, el Cervino, el Montblanc, todo estaba hecho, pero aun quedaba la Norte del Eiger. El verano anterior, ya había "fracasado" otra cordada: fueron dos jóvenes alemanes que perecieron congelados a más de tres mil metros, en lo que luego se llamo el "Vivac de la Muerte". Motivado por aquel trágico suceso, las autoridades suizas llegaron incluso a prohibir la escalada a dicha pared, lo cual produjo un gran revuelo en el mundillo alpino. Pero al año siguiente, a mediados de julio, una cordada de alemanes formada por Toni Kurz y Andreas Hinterstoisser se propuso ser los primeros en llegar a la cima por esta terrible pared. A ellos se les unió otra cordada, esta de austriacos formada por Edie Rainer y Willy Angerer, y todos juntos emprendieron el ataque. Durante la primera jornada ascendieron el primer tercio de la pared sin mayor problema. Es una zona mixta sin grandes problemas, asi que avanzaron rápido hasta su primer vivac. Al día siguiente, reanudaron su ascenso. Subian rápido. En el valle, Turistas y curiosos les podían distinguir sin dificultad, mientras disfrutaban del paisaje y de una cerveza. Y de repente, el grupo se tuvo que parar en seco. Tras el primer tercio de pared y despues de vencer a la Fisura, se llega a un gran muro liso llamado Rote Fluh(Muro Rojo). Para la época era infranqueable, por lo que tuvieron que buscar una vía alternativa.

En el grupo había dos bávaros, uno de ellos Hinterstoisser, que a pesar de su juventud ya tenia fama de ser uno de los mejores escaladores de la época. Si bien Toni Kurz era el líder del intento, Andreas era el escape técnico en quien confiar cuando todos claudicaran ante la pared. Hechos un ovillo, apretados por la precariedad de la repisa, miraron al rubio alemán encomendándose a su habilidad. Éste, como los grandes, acometió el paso con más decisión que certeza, y con movimientos de genio, adivinó la vía por donde seguir. Ascendió por la fisura, saco una piqueta y la clavo lo más alto que pudo. Pasó un cordino y lo anudó. Tras eso, metió la cuerda que le aseguraba por dicho cordino, y usando la tensión que le proporcionaban sus compañeros al tirar, comenzó a desplazarse horizontalmente hacia la izquierda. Fueron cuarenta metros de genialidad y destreza, pero también de unos arrestos inconmensurables. A día de hoy, esa travesía que hoy porta con honor el apellido de este audaz joven, sigue siendo la parte más difícil de la vía. Donde todas las cordadas dejan siempre cuerdas fijas e incluso hay un cable de acero al que enmosquetarse para poderla atravesar. Kurz y sus compañeros sabían que ya no se iban a encontrar con nada tan difícil como esa travesía por la que había pasado con éxito Hinterstoisser, así que es de imaginar que lo celebraran como quien le baja las bragas a una chica ¡Muy mal se me tiene que dar! Euforia total. Esa euforia que hace que no te pongas el condón. Esa euforia que te hace cometer errores. Sin pensar más , los cuatro continuaron el ascenso por el primer nevero. En realidad era lo previsto, pues esa zona central de la pared era a priori la ruta más lógica para la cumbre.

En la norte del Eiger nunca da el sol. Además, siempre está expuesta a las frecuentes tormentas que entran por los valles hacia el macizo, por lo que la exposición siempre es máxima. Pero además hay otra amenaza: las avalanchas. Continuamente, y esto es habitual en los Alpes, hay aludes de nieve, pero en el Eiger se suman también las avalanchas de piedras. Cuando llega la tarde y el sol pega en las zonas altas de la pared, el calor producido hace que el hielo y la nieve se derritan, precipitando al vacío montones de sedimentos y piedras que durante el paso de los años se han ido quedando pegados. Cuando eso empezó a ocurrir, se encontraban en mitad del nevero, absolutamente desprotegidos ante este bombardeo. Me toca; no me toca. Me da; no me da; me da. Dolor. Miedo. Se acabó.

Una roca como un puño, cayendo desde ciento cincuenta metros no te hace daño, te abre la cabeza, y eso fue lo que le ocurrió al bueno de Willy Angerer. Sangrando y con el cráneo abierto, todo se ve de una forma diferente, pero si estas en mitad de la pared más terrorífica de los Alpes, con un patio de setecientos metros al suelo, y con la posibilidad de recibir otra andanada de piedras, las posibilidades de quedarte quieto y quejarte no son muchas. Por ello, los dos alemanes que desde arriba habían visto la situación, se pusieron a tirar de la cuerda con todas sus fuerzas, hasta que tuvieron a su altura a los dos austriacos. Me imagino que negarían la evidencia como quien niega un cáncer. Le dirían que no era para tanto y que no se preocupara, y el otro, con lo se le venia encima, asentiría sin más, contento de no estar solo en una situación como esa.

Hicieron noche en el hielo. Para el herido, un suplicio de sombras y frio, para los otros, una incógnita interminable. A la mañana siguiente continuaron el ascenso. Me imagino que lo hablarían durante la noche, y llegarían a la conclusión de que bajando tardarían más en volver al valle que si hacían cumbre y descendían por la cara este. Pero el caso es que mientras que los dos bávaros trepaban con rapidez por el segundo nevero, los dos austriacos penaban con lentitud. Al final del día deberían haber llegado ya a la Rampa antes de la Araña Blanca, y sin embargo, seguían en el nevero. Se le echó encima la noche, y lo peor de todo, el mal tiempo. Esas horas hasta el alba debieron ser dramáticas, y lo que la jornada anterior aun era esperanza, debió de convertirse en pánico y pavor. Sabían que la cima se había esfumado, y ahora la prioridad era salir de allí como fuera. Había que bajar por el mismo sitio por el que habían conseguido escalar. No me quiero imaginar el escalofrío que tuvo que sentir Hinterstoisser cuando se dio cuenta de su error. Esa travesía que tan audazmente consiguió liberar y que la historia recordaría como una genialidad, no se podía hacer en sentido contrarió. Y lo que es peor, no habían dejado una cuerda fija a la que asegurarse. Las crónicas alpinas cuentan que desde el valle, los curiosos les vieron intentar ese paso durante horas, pero lo cierto es que en ningún momento pudieron conseguirlo. Solo les quedaba una alternativa. Había que asumir el riesgo y montar rapeles y para descender verticalmente.

Una de las particularidades del Eiger, aparte de lo ya dicho, es que la montaña está atravesada de lado a lado, por la mitad, por un túnel que alberga una vía de tren. La construyo el gobierno suizo a principios de siglo, al igual que dos ventanas que se asoman a la pared norte. A día de hoy, a parte del helicóptero, muchas expediciones utilizan ese tren para, a través de la ventana más baja, llegar directamente al segundo tercio de pared al lado de la travesía Hinterstoisser. Cuando se encontraban en los primeros rapeles, desde la ventana, en mitad de la tempestad, Toni Kurz consiguió distinguir una voz. Era uno de los guardas del túnel que les preguntaba como se encontraban. Por inercia, por inconsciencia, o por lo que fuera, el caso es que Kurz le grito un ¡Bien! que dejo al operario tranquilo. Pero que de ninguna manera reflejaba el drama que estaban viviendo, y el peligro que corrían.

El tiempo ya era detestable. Un grueso manto níveo cubría sin piedad toda la pared, y el frió se intensificaba por minutos. En una repisa, Andreas se soltó de la cuerda para poder montar otra reunión y otro rapel. Mientras, a su lado , seguían encordados los otros tres alpinistas, y de repente, la tragedia. El alud se llevó primero a Hinterstoisser: le encontrarían seiscientos metros más abajo. Después, el resto. Edie Rainer quedó atrapado contra la pared, con lo que se le aplastó el diafragma y murió asfixiado en pocos minutos. Por debajo de él, estaba Kurz, y tras él Willy Angerer, que también falleció debido a los golpes recibidos en la caída. La situación era dramática.

En un segundo todo se había torcido, y la el futuro no pintaba mejor. Lo que Kurz tuvo que pensar en ese momento debió de ser apabullante, el miedo solidificado. Todos sus amigos estaba muertos, y él se encontraba colgado en mitad de la pared, sin poder hacer absolutamente nada. Pasaron las horas y anochecía. Hacia mucho que el guarda del tren había gritado a través de la tempestad, y a esas alturas, sin verles abajo, comprendió que algo iba mal. No dudo en convocar a un grupo de rescate, y estos enseguida se dispusieron a llegar donde se encontraban los perdidos. Gracias al tren, salieron directamente por la ventana que hay debajo de la Travesía, y una vez allí entre las ráfagas de viento y nieve contemplaron la dantesca visión: a pocos metros, en horizontal, colgaba el cadáver de Angerer; por encima de él, Toni Kurz gritaba y pedía ayuda desesperadamente, y por encima el caos de la pared y la tormenta cortado por la cuerda en tensión que había asfixiado a Edie. Nada podían hacer por ahora. La noche y las condiciones lo hacían imposible, así que a pesar de las suplicas del superviviente, se dieron media vuelta hacia el túnel, diciéndole a Kurz que volverían al día siguiente. Que aguantara.

El frío. La nieve. La noche. El viento. El miedo. La soledad. Cualquiera en esas condiciones se hubiera rendido. Solo hacia falta dormirse y ya está, los treinta bajo cero harían el resto. Pero Kurz no era de esos, y de manera incomprensible, aguantó. Cuando a la mañana siguiente llegó el grupo de rescate, se dieron cuenta de que aunque el aspecto era terrible, aun estaba vivo. Tenia la mano izquierda congelada pues se le había perdido la manopla, pero con la otra, seguía agarrado a su cuerda, como a la vida. Solo había una solución y así se lo hicieron saber. Tendría que cortar la cuerda por debajo de el, haciendo que su compañero cayera al vacío, y tras esto, tratar de ascender como fuera hasta llegar a la reunión en la que estaba asegurado. Tras esto, debería deshacer dicha cuerda, atar los tres cabos uno tras otro, soltar el cordino para que llegara hasta donde estaban los rescatadores y que estos, aprovechándolo, anudaran otra cuerda y piquetas con la que montar otro rapel y poder descender. ¡Casi nada!, y eso con una mano congelada y después de haber pasado la peor noche de su vida. Tardo horas en deshacer la cuerda con una mano, pero lo consiguió. Cuando el extremo del cordino llego a la altura del grupo, estos pudieron hacer lo previsto, y ataron la otra cuerda, dando un tirón para que el herido comenzara a jalar de ella. Durante el ascenso, se dieron cuenta de que la nueva no era lo suficientemente larga como para llegar a la repisa, así que la detuvieron y unieron otra al extremo con un nudo simple. Sin saberlo, acababan de condenar a muerte a Toni Kurz.

Toni lo hizo todo bien. Subió la cuerda, monto el rapel y comenzó el descenso. Todo iba perfecto, hasta que a unos pocos metros de donde le observaban los otros, se dio cuenta del error. ¡El nudo! Ese nudo que habían utilizado para alargar la cuerda, no pasaría por el mosquetón. Durante horas trató y trató de que pasara pero no pudo. La fatiga; el dolor; la mano congelada; Ni nada ni nadie le podrían ayudar, y lo sabía. Se giró, miro a sus salvadores y lacónicamente exclamo Ich kann nicht mehr!.

Tras ese ¡ya no puedo más!, Toni Kurz falleció. Tardarían días en poder rescatar su cuerpo, que permaneció colgado ante la mirad de todos los del valle.