Menuda mierda de noticias: pensiones que se rebajan; años de cotización que se incrementan; familias desahuciadas; aumento del paro; impuestos que suben sin parar; corrupción de los políticos; fracaso escolar generalizado, y además de todo esto, el “hijodelagrandisimaputa” del Cuco.
De verdad que este asunto me tiene absolutamente descorazonado. No puedo llegar a comprender como ese niñato y sus compinches han sido y son capaces de poner en jaque a todo el sistema policial y judicial. ¿Cómo es posible que esto ocurra? Pues muy fácil, en España no hay miedo. Es así. Estamos rodeados de criminales que campan a sus anchas sin temor a las repercusiones pues esta mierda de sistema ultra-proteccionista en el que vivimos, asegura que nada les va a ocurrir, y que todo lo más se llevaran un tiempecito a la sombra y ¡hasta luego Lucas!. Ya lo creo que estar bajo esa sombra tiene que ser jodido, pero entre eso, que en la mayoría de los casos no se cumple por ausencia de antecedentes o por sentencias cobardes, y nada, hay poca diferencia. Y mientras tanto, el españolito de turno acojonado porque si antes del día cinco de cada mes no ha pagado su hipoteca lo mismo se le presenta una notificación del juzgado invitándole al abandono de la vivienda. Sé que va a sonar mal, y que algunos me llamaran de todo, pero si a estos tres pájaros, la noche que les detienen, les meten en el cuartelillo y les sueltan cinco pares de hostias antes de preguntar nada, os aseguro que los pobres padres de Marta haría meses que habrían podido hacerle el duelo a su hija. Sin eso, lo único que se ha conseguido es que una y otra vez mientan por estrategia, y puesto que sin cadáver no hay asesinato, el castigo que vayan a sufrir sea mucho menor del que debiera.
Hoy, cuando en visto en las noticias al padre de Marta fumándose un cigarro en la puerta de los juzgados y a su lado, el abogado defensor del Cuco haciendo lo mismo, no he sabido que pensar. Ese padre ya no es ni será una persona normal, y con toda seguridad la vida que le queda será un peregrinar hacia la muerte por el que transitará sin sabores y sin olores, pues nada puede haber peor en la vida que la pérdida de un hijo. ¿Pero el abogado? Hace su trabajo, y como buen profesional, solo vela porque su defendido tenga un juicio justo, con garantías, y todo ese rollo. Pero pasa una cosa, y es que nuestro sistema legal hay juicios que se ganan porque la verdad está al lado de uno u otro, y otros se ganan por defectos de procedimiento (gracias Fernando). Esto no será un defecto de procedimiento, pero si es un defecto del sistema que un acusado pueda mentir una y otra vez y que su abogado le anime a ello con el fin de que no haya manera de encontrar el puñetero cadáver de esa pobre niña.
Qué difícil debe ser vivir hoy en día la adolescencia. Y no me refiero a casos como el de este individuo que habría que sacarle las entrañas y hacérselas comer. No, me refiero a la juventud en general que abarrota los institutos y que aunque sea de lejos perciben los problemas generales de la sociedad. Niños y niñas que, gracias a la incompetente Ley de la Educación actual, acuden a su cita con el instituto mucho antes de los que nosotros lo hicimos y que se enfrentan a un entorno hostil en el que difícilmente se pueden valer por sí mismos y que lo más seguro siempre es aliarse con un grupo protector ya seas para bien o para mal. Las niñas dejan enseguida de serlo, y como por arte de magia comienzan a vestir y a comportarse de una manera absolutamente desvirtuada con el solo pretexto de parecer más mujer. Los niños, más cortos que las niñas en general, también abdican de su niñez antes de tiempo y más pronto que tarde inician una desmesurada carrera por ser el que primero empieza a ponerse piercings, a fumar porros o a pasearse por la vida como auténticos delincuentes. Si los ejemplos son Lady GaGa y Cristiano Ronaldo, ¿qué vamos a pedir vedad?, y luego pasa lo que pasa: fracaso escolar generalizado, los alumnos peor formados de España y Europa.
Presente tristísimo y provenir defectuoso, y nos les faltan motivos para ser pesimistas. Los jóvenes de hoy miran al futuro y solo ven el fracaso de la sociedad que sus padres han creado y de la que todos y cada uno de los que formamos parte de ella somos cómplices de la derrota de las nuevas generaciones. La vida es dura y cuanto antes se aprenda ese axioma, mejor para todos. Los niños deben asumir los problemas de sus progenitores como propios, pero jamás deben tener que tomar parte en ellos, pues a esa edad aun no se está preparado para asumir esa responsabilidad. Pero si deberíamos hacer otra cosa, y que más que positiva, a mí entender es necesaria: tener un proyecto.
Como es lógico no me refiero a un proyecto vital. En absoluto, no van por ahí los tiros. Me refiero a un proyecto juvenil que sirva de objetivo por el que luchar y enfrentarse a las dificultades cotidianas. Harto estoy de ver adolescentes que pasan sus años de instituto de las clases a su casa. El que es un poco más dinámico lo mismo va a jugar a fútbol-sala dos días en semana, pero en general, lo único por lo que tienen afición de verdad es por la X-Box o reunirse en frente del Burguer King los viernes y sábados por la tarde-noche. Vaya planazo.
Hay que proponer algo serio a medio plazo, algo que se salte el guión establecido, que no sea genérico sino individualizado, y por lo que hasta el más “horchata de los horchata” se pase unas cuantas noches sin pegar ojo. No vale de nada lo superfluo, pues los chavales de hoy ya lo tienen todo, están hartos de Play Station, de Wii, de PSP, de DS, de Ipod, de Ipad y de Iphones. Acostumbrados al soborno como política de afecto: cacharros por tiempo, tecnología por cariño, y mientras-mi viejo que es un coñazo y mi madre cada día más pesada no me dejan en paz. Estamos buenos. Que cada palo aguante su vela, pero ya estoy en ello, y no solo espero motivar a mis dos hijos con su proyecto personal de juventud, sino que espero que también sea parte de mi existencia y mis ganas de vivir.
No hay justicia, ya me lo habéis oído decir alguna vez, y cada día estoy más convencido, pero espero que a esos tres les pase algo malo. Que pasen miedo, que sufran, que lloren y que griten, y que después de suplicar que se acabe el dolor, se queden tan tocados de la cabeza que se pasen el resto de sus miserables vidas meándose y cagándose en los pantalones, comiendo papillas, hasta las trancas de anti-psicóticos, y amargándole la vida a los irresponsables de sus padres, pues de ellos también es parte de la culpa.
PD. Perdón a todos por lo soez del lenguaje, pero para estos miserables no me sale otra cosa.
viernes, 28 de enero de 2011
miércoles, 19 de enero de 2011
La Tabla Rasa.
La Tabla Rasa.
Si uno se pone a pensar en la cantidad de cosas que cada día vive, fácilmente se llega ala conclusión de que al caminar por la calle, al subir al bus, al bajar las escaleras de casa o pedirse una cerveza con tapa en el bar son situaciones en las que jamás se ha sentido inseguro o incomodo, todo lo más aburrido, pues muchas de estas actividades cotidianas, por ser precisamente eso, dejan de poseer interés y se convierten en meros gestos rutinarios carentes de precisión o de placer. La vida es eso, rutinas y rutinas, y después más rutinas, y solo de vez en cuando, un lago en mitad del desierto en el que podemos saciar la sed y sentir cierta felicidad. En mi caso llevo años trabajando en un modelo empresarial en el que siempre he tenido como fin último la consecución de objetivos cuantificables y la consecuente compensación económica por los mismos, en mayor o menor medida, con mayor o menor merecimiento, con verdad y a veces sin ella.
Me pregunto cómo se las apañan aquellas personas sin ilusiones. Y no es una pregunta con fácil respuesta, por lo menos para mí, pues dada la situación, y sin que sirva de precedente, he estado varios días en los que sin ninguna duda, he carecido de objetivos a los que llegar, o ilusiones que satisfacer. No ha sido una valoración “justa” y lo sé, pues inmerso en un proceso tan poco agradable, no se deben plantear grandes premisas, pero lo que sí es cierto es que cuanto más jodido está uno, más difícil se hace proponerse cosas, y por el contrario, aquello que antes carecía de valor por rutinario, se convierte en travesía antártica por momentos. ¡Joder lo que cuesta ponerse unos pantalones! ¡Y dormir, y levantarse, y estar sentado, hasta cagar coño! Todo es lento y difícil; torpeza suprema; malestar general; cabreo constante.
El hospital es un lugar siempre desagradable, tanto para el paciente como para el acompañante es un territorio hostil en el que todo alrededor son miserias y sufrimientos y cuantas más horas pasan, los olores y los sabores se van incrustando en el organismo hasta formar casi un todo, del cual luego se necesita mucho gel de ducha y mucha comida casera para deshacerse de ellos. Pasa un día y otro día, y la rutina se hace cada vez más agobiante y hasta las visitas más deseadas y mejor intencionadas se convierten en una pesada prueba de fondo de la que sin más remedio siempre se acaba deshecho. La habitación es desagradable de por sí; la austeridad del mobiliario toma matices de peli de terror de serie B, y hasta la cama que en principio fue diseñada para albergar durante horas y horas a los pacientes sin que estos sufran por ella, se convierte en un lecho más incomodo que un vivac en plena tormenta, pues mientras que este siempre acarrea la esperanza de la calma en el amanecer, para aquel no hay amanecer que sirva de mejoría, pues la mañana no es ni más ni menos que la continuación de las incomodidades, solo que con luz.
Los días pasan como en un gran hermano forzoso, en el que al principio, sin ser consciente, juegas a la ruleta de la fortuna: ¿Cómo serán los compañeros? A los no iniciados les puede parecer una trivialidad, pero solo de eso depende en buena parte tu estado de ánimo y por consiguiente tu mejoría. Un abuelo moribundo puede convertirse en una pesadilla de 24 horas, así que aquí la suerte es definitiva. En mi caso la tuve, y para siempre guardaré un buen recuerdo y mi gratitud a Dalius, Pepe y a Julien, que tantas horas han aguantado mi sufrimiento y mis pesares, y de los que siempre he recibido una palabra de ánimo y de consuelo, además de comprensión.
Allí estas indefenso y te sientes vulnerable ante todo. Que tu compañero de habitación coja una infección puede convertirse en un drama, y lo mismo a la inversa. No somos conscientes de la importancia de los cuidados que recibimos hasta que dependemos de ellos, y qué diferentes se ven las cosas cuando la enfermera de turno es una u otra, pues si en la primera depositas toda tu confianza y recibes con agrado sus cuidados, de la segunda solo tienes recelo y desconfianza y rezas para que en ese turno no te pasa nada fuera del guión establecido. Y lo mismo para los auxiliares, capaces de convertir un simple aseo en algo agradable o por el contrario desencadenar una oleada de sufrimientos que acaban con tu dignidad y con tu razón.
Y luego está el dolor. El dolor es algo curioso. Crees que lo conoces, pero no es verdad. ¿Cuántas veces me he dado porrazos? ¿Cuántas veces me he caído de la bici, corriendo, esquiando? ¿Cuántas veces me he lesionado? La rodilla izquierda cinco veces (4 cirugías); una vez la derecha (Ligamento LI); ambos tobillos; el hombro derecho (fractura de troquiter), la espalda (L4-L5/L5-S1) 1Cirugía), y dos costillas. Todas llevan acarreado el dolor, y sin embargo, no lo conocía, hasta ahora. El día que me caí lo supe en el primer segundo. Era diferente, más intenso de lo que nunca había probado, y por primera vez, y desgraciadamente no última, fui incapaz de dominarlo y dominarme. Se acabó la valentía. Los que somos padres siempre decimos que solo tenemos miedo por nuestros hijos, que lo demás da igual, pero yo os aseguro que la otra tarde experimente un pavor completamente personal, y además del dolor insoportable, tampoco podía dominar un miedo terrible por lo que me había pasado. No creo que en ese momento hubiera un ser más cobarde que yo en kilómetros a la redonda. Me gustaría decir que ahí quedo todo, y que tras llegar al hospital todo se controló. No fue así. Las siguientes treinta y seis horas a mi reconstrucción de rótula han sido sin duda las peores de mi vida, y como el olor a amoniaco que se te queda en las manos después de fregar y que no te quitas ni con agua caliente, los inconexos y parciales recuerdos de esas horas no consigo quitármelos de la cabeza y aun hoy cada vez que cierro los ojos llegan a mi generando una ansiedad que hasta ahora jamás había conocido. Creedme si os digo que gracias a Dios no me acuerdo de casi nada, y que entre otras cosas no se bien quien estuvo a mi lado en esos momentos, por lo que de lo que pude hacer o decir no tengo recato en asumirlo pues no considero que fuera yo el que se expresara o actuara, sino el dolor insoportable. Mi madre me dice que nunca me había visto así, y que igual que la mayor parte del tiempo los efectos de la morfina hacías ininteligibles y descoordinadas mis palabras, también solté algún que otro leñazo verbal. Puede ser, pero…ya nada puedo hacer.
Hoy estoy mejor que ayer, y por consiguiente, mañana ocurrirá lo mismo, y así sucesivamente. Esto se llama mejorar: evolución satisfactoria. Las molestias poco a poco desaparecerán, y el estado de ánimo volverá a ser el que era. Sin embargo, esta vez ha pasado algo diferente en mi cabeza. Me he pasado todas las convalecencias de mi vida con la ilusión de volver cuanto antes a la actividad "no-normal", dando por sentado que la rutina estaba de por si conseguida y que desde ese punto me podía considerar con derecho a obviar los quehaceres diarios como objetivo. A los tres días de que me operaran de la espalda ya pensaba en correr mientras andaba tres horas diarias por la Fuente de la Bicha; a los pocos días de romperme el hombro esquiaba sin bastones; seis días después de los cruzados se me podía ver de cervezas por Alhamar, o haciendo gimnasia en casa de mi madre con la férula puesta… Sin embargo, esta vez no es así. Las sensaciones son distintas, y por ahora, tengo la impresión de que han de pasar varias semanas antes de recuperar el espíritu que siempre me ha movido a aguantar un poco más. Sobreponerse es una obligación, y por ello escribo hoy estas líneas, pues aunque hace años que no pueda hacerlo, ante todo y por encima de todo soy corredor, y si hay que sufrir, considero que me he batido el cobre lo suficiente como para haber demostrado que puedo hacerlo como el que más, pues si bien jamás he ganado nada, no admitiré nunca que mi carrera haya sido menos dura que la del vencedor, pues cada uno contamos con bases y planteamientos diferentes.
Esto acaba de empezar, y los tornillos y los alambres que ahora soportan y dan forma a mi rótula, también son la tabla rasa que he de hacer a mis pretensiones y a mis esperanzas. Como siempre, la lesión pondrá los límites y no seré yo el que me deje aturdir por pronósticos agoreros, y premisas preconcebidas. Rebuffat decía que al observar a un niño trepando a un árbol, el veía alpinismo. ¿Acaso levantarme del sofá e ir hasta el cuarto de baño no es sin duda una travesía? Poco a poco.
Si uno se pone a pensar en la cantidad de cosas que cada día vive, fácilmente se llega ala conclusión de que al caminar por la calle, al subir al bus, al bajar las escaleras de casa o pedirse una cerveza con tapa en el bar son situaciones en las que jamás se ha sentido inseguro o incomodo, todo lo más aburrido, pues muchas de estas actividades cotidianas, por ser precisamente eso, dejan de poseer interés y se convierten en meros gestos rutinarios carentes de precisión o de placer. La vida es eso, rutinas y rutinas, y después más rutinas, y solo de vez en cuando, un lago en mitad del desierto en el que podemos saciar la sed y sentir cierta felicidad. En mi caso llevo años trabajando en un modelo empresarial en el que siempre he tenido como fin último la consecución de objetivos cuantificables y la consecuente compensación económica por los mismos, en mayor o menor medida, con mayor o menor merecimiento, con verdad y a veces sin ella.
Me pregunto cómo se las apañan aquellas personas sin ilusiones. Y no es una pregunta con fácil respuesta, por lo menos para mí, pues dada la situación, y sin que sirva de precedente, he estado varios días en los que sin ninguna duda, he carecido de objetivos a los que llegar, o ilusiones que satisfacer. No ha sido una valoración “justa” y lo sé, pues inmerso en un proceso tan poco agradable, no se deben plantear grandes premisas, pero lo que sí es cierto es que cuanto más jodido está uno, más difícil se hace proponerse cosas, y por el contrario, aquello que antes carecía de valor por rutinario, se convierte en travesía antártica por momentos. ¡Joder lo que cuesta ponerse unos pantalones! ¡Y dormir, y levantarse, y estar sentado, hasta cagar coño! Todo es lento y difícil; torpeza suprema; malestar general; cabreo constante.
El hospital es un lugar siempre desagradable, tanto para el paciente como para el acompañante es un territorio hostil en el que todo alrededor son miserias y sufrimientos y cuantas más horas pasan, los olores y los sabores se van incrustando en el organismo hasta formar casi un todo, del cual luego se necesita mucho gel de ducha y mucha comida casera para deshacerse de ellos. Pasa un día y otro día, y la rutina se hace cada vez más agobiante y hasta las visitas más deseadas y mejor intencionadas se convierten en una pesada prueba de fondo de la que sin más remedio siempre se acaba deshecho. La habitación es desagradable de por sí; la austeridad del mobiliario toma matices de peli de terror de serie B, y hasta la cama que en principio fue diseñada para albergar durante horas y horas a los pacientes sin que estos sufran por ella, se convierte en un lecho más incomodo que un vivac en plena tormenta, pues mientras que este siempre acarrea la esperanza de la calma en el amanecer, para aquel no hay amanecer que sirva de mejoría, pues la mañana no es ni más ni menos que la continuación de las incomodidades, solo que con luz.
Los días pasan como en un gran hermano forzoso, en el que al principio, sin ser consciente, juegas a la ruleta de la fortuna: ¿Cómo serán los compañeros? A los no iniciados les puede parecer una trivialidad, pero solo de eso depende en buena parte tu estado de ánimo y por consiguiente tu mejoría. Un abuelo moribundo puede convertirse en una pesadilla de 24 horas, así que aquí la suerte es definitiva. En mi caso la tuve, y para siempre guardaré un buen recuerdo y mi gratitud a Dalius, Pepe y a Julien, que tantas horas han aguantado mi sufrimiento y mis pesares, y de los que siempre he recibido una palabra de ánimo y de consuelo, además de comprensión.
Allí estas indefenso y te sientes vulnerable ante todo. Que tu compañero de habitación coja una infección puede convertirse en un drama, y lo mismo a la inversa. No somos conscientes de la importancia de los cuidados que recibimos hasta que dependemos de ellos, y qué diferentes se ven las cosas cuando la enfermera de turno es una u otra, pues si en la primera depositas toda tu confianza y recibes con agrado sus cuidados, de la segunda solo tienes recelo y desconfianza y rezas para que en ese turno no te pasa nada fuera del guión establecido. Y lo mismo para los auxiliares, capaces de convertir un simple aseo en algo agradable o por el contrario desencadenar una oleada de sufrimientos que acaban con tu dignidad y con tu razón.
Y luego está el dolor. El dolor es algo curioso. Crees que lo conoces, pero no es verdad. ¿Cuántas veces me he dado porrazos? ¿Cuántas veces me he caído de la bici, corriendo, esquiando? ¿Cuántas veces me he lesionado? La rodilla izquierda cinco veces (4 cirugías); una vez la derecha (Ligamento LI); ambos tobillos; el hombro derecho (fractura de troquiter), la espalda (L4-L5/L5-S1) 1Cirugía), y dos costillas. Todas llevan acarreado el dolor, y sin embargo, no lo conocía, hasta ahora. El día que me caí lo supe en el primer segundo. Era diferente, más intenso de lo que nunca había probado, y por primera vez, y desgraciadamente no última, fui incapaz de dominarlo y dominarme. Se acabó la valentía. Los que somos padres siempre decimos que solo tenemos miedo por nuestros hijos, que lo demás da igual, pero yo os aseguro que la otra tarde experimente un pavor completamente personal, y además del dolor insoportable, tampoco podía dominar un miedo terrible por lo que me había pasado. No creo que en ese momento hubiera un ser más cobarde que yo en kilómetros a la redonda. Me gustaría decir que ahí quedo todo, y que tras llegar al hospital todo se controló. No fue así. Las siguientes treinta y seis horas a mi reconstrucción de rótula han sido sin duda las peores de mi vida, y como el olor a amoniaco que se te queda en las manos después de fregar y que no te quitas ni con agua caliente, los inconexos y parciales recuerdos de esas horas no consigo quitármelos de la cabeza y aun hoy cada vez que cierro los ojos llegan a mi generando una ansiedad que hasta ahora jamás había conocido. Creedme si os digo que gracias a Dios no me acuerdo de casi nada, y que entre otras cosas no se bien quien estuvo a mi lado en esos momentos, por lo que de lo que pude hacer o decir no tengo recato en asumirlo pues no considero que fuera yo el que se expresara o actuara, sino el dolor insoportable. Mi madre me dice que nunca me había visto así, y que igual que la mayor parte del tiempo los efectos de la morfina hacías ininteligibles y descoordinadas mis palabras, también solté algún que otro leñazo verbal. Puede ser, pero…ya nada puedo hacer.
Hoy estoy mejor que ayer, y por consiguiente, mañana ocurrirá lo mismo, y así sucesivamente. Esto se llama mejorar: evolución satisfactoria. Las molestias poco a poco desaparecerán, y el estado de ánimo volverá a ser el que era. Sin embargo, esta vez ha pasado algo diferente en mi cabeza. Me he pasado todas las convalecencias de mi vida con la ilusión de volver cuanto antes a la actividad "no-normal", dando por sentado que la rutina estaba de por si conseguida y que desde ese punto me podía considerar con derecho a obviar los quehaceres diarios como objetivo. A los tres días de que me operaran de la espalda ya pensaba en correr mientras andaba tres horas diarias por la Fuente de la Bicha; a los pocos días de romperme el hombro esquiaba sin bastones; seis días después de los cruzados se me podía ver de cervezas por Alhamar, o haciendo gimnasia en casa de mi madre con la férula puesta… Sin embargo, esta vez no es así. Las sensaciones son distintas, y por ahora, tengo la impresión de que han de pasar varias semanas antes de recuperar el espíritu que siempre me ha movido a aguantar un poco más. Sobreponerse es una obligación, y por ello escribo hoy estas líneas, pues aunque hace años que no pueda hacerlo, ante todo y por encima de todo soy corredor, y si hay que sufrir, considero que me he batido el cobre lo suficiente como para haber demostrado que puedo hacerlo como el que más, pues si bien jamás he ganado nada, no admitiré nunca que mi carrera haya sido menos dura que la del vencedor, pues cada uno contamos con bases y planteamientos diferentes.
Esto acaba de empezar, y los tornillos y los alambres que ahora soportan y dan forma a mi rótula, también son la tabla rasa que he de hacer a mis pretensiones y a mis esperanzas. Como siempre, la lesión pondrá los límites y no seré yo el que me deje aturdir por pronósticos agoreros, y premisas preconcebidas. Rebuffat decía que al observar a un niño trepando a un árbol, el veía alpinismo. ¿Acaso levantarme del sofá e ir hasta el cuarto de baño no es sin duda una travesía? Poco a poco.
miércoles, 12 de enero de 2011
Maurize Herzog, ¿el héroe?
Acabo de terminar de leer Annapurna Primer Ochomil, epopeya que narra la gran aventura vivida por un grupo de intrépidos franceses en el Himalaya, y que supuso la primera conquista hecha por el hombre de una de las catorce montañas más elevadas del planeta. Este libro, durante decadas fue algo así como la Biblia del alpinismo europeo, pues sin duda se trató de la mayor gesta hasta la fecha conseguida, y desde el punto de vista mediatico, fue todo un espaldarazo a un pais que hasta hacía pocos años solo habia podido tratar de sobrevivir ante la invasión Nazi y las terribles y devastadoras consecuencias de las 2ª Gran Guerra.
El libro es sin duda apasionante, y da fe de que aunque a veces la casualidad hace que las cosas vayan bien, cuando concienzudamente se reunen los mejores alpinistas y los mejores medios, las posibilidades de exito se incrementan exponencialmente. Ese es el caso de esta conquista, en la que el mejor grupo de alpinistas que ha dado Francia, se juntó en la misma generación y colaboraron en equipo para tal empresa. El éxito fue icontestable: primera conquista del Annapurna- primer ochomil.
En realidad, desde el punto de vista técnico, no me parece que el libro revele grandes soluciones en la montaña. Hay que tener en cuenta que los franceses contaron con una tecnología diez años avanzada con respecto a su época, y que el autor Maurize Herzog, no se entretiene tanto en detallar pasajes de dificultad así como en describir su gestión de la logística y las distribuciones del trabajo. Esto, como humildde lector la verdad es que me interesa poco, pues al final, con mayores o menores diferencias, todas aquellas expediciones eran grandes empresas militares; asediar hasta la victoria. No obstante, sería muy peregrino no reconocer lo que desde toda perspectiva constituye la segunda gran proeza de la expedición: la aproximación y la retirada. Cómo me gustaría poder preguntarle a Rebuffat, a Terray, Oudot, Lachenal, Schatz, o al mismo Herzog qué les pareció más duro: la interminable secuencia de subidas y bajadas de la montaña hasta culminar la ascensión con la victoria sobre la cumbre, o las cinco semanas de retirada por un terreno inhóspito bajo los zarpazos del Monzón y el sufrimiento de las congelaciones, los insoportables tratamientos y el dolor de las amputaciones. Es que acaso las semanas de aproximación no fueron en si mismas toda una aventura? Sin mapas de la zona, sin conocimientos previos de las montañas; sin saber cuál era la mejor eleccion, Daulaghiri o Annapurna... Respuesta difícil supongo, pero lo que no cabe duda es que se trata de una hazaña en toda regla y que su relevancia está más allá de gustos literarios, pues forma parte de la épica, de la verdadera historia del Alpinismo.
Para todos ello, aquella aventura supuso un antes y un después en sus vidas. Herzog aun vive, no así Rebuffat, Terray o Lachenal. La suya no fue una retirada convencional de la montaña, sino una huida en toda regla, y solo gracias a la fortaleza de unos y al aguante de otros, pudieron regresar a su patria, eso si, algunos en unas condiciones que ya perdurarían para toda la vida. Herzog perdió todos los dedos de las manos y pies (de hecho el libro no lo escribió, sino que lo dictó durante su estancia en el hospital), y desde tan joven ya supo que la alegre vida de las cimas se había acabado para él. Mentalizarse para eso debío de ser muy duro, pero afrontar la nueva vida en tales circunstancias de merma física, debío ser mucho peor. Aun así, gracias a su brillantez y clarividencia, los políticos de la República pronto aprovecharon sus cualidades de gestión, y uno tras otro acomemetió diversos puestos de relevancia llegando a ser Ministro de Deportes durante el gobierno del General De Gaulle.
Una vez he dada toda esta cera al amigo Herzog, diré que a mi este tío no me acaba de gustar. Veamos, como es lógico mi juicio es absolutamente condicionado a lo que leo, y en ningún caso pretendo con ello dar a entender que me internado en su personalidad. Nada más lejos. Pero todo el que escribe de alguna manera se vacía, y más tarde o más temprano, salen a la superficie sentimientos profundos que revelan la auténtica personalidad. Digo que no me acaba de gustar, y me refiero a que Herzog es un jefe de expedición que a mi entender, antepuso su ambición personal a todo lo demás, y aunque hoy en día aun recuerda con cariño y agradecimiento a sus compañeros "salvadores", lo cierto es que los que verdaderamente fueron el alma y soporte de la cumbre no llegaron a subir, y el tuvo mucho que ver en ello. Terray y Rebuffat, Rebuffat y Terray son a mi entender los mejores exponentes del verdadero montañero. Solo por ellos y gracias a ellos, Lachenal y Herzog conservaron sus vidas: por su esfuerzo, por su sacrificio y por anteponer la vida de los otros a los intereses personales. Porque si había alguien en condiciones de hacer cumbre con éxito y sin tanto peligro de congelaciones ese era Terray, pues era el más fuerte del grupo, y además estaba más descansado. Lachenal y Herzog hacen cumbre porque se entregan a ella. La imagen de la cumbre les ciega los sentidos y esa arista cimera les hace subir y subir cuando ya estaban en condiciones precarias y aparecían los primeros indicios de congelaciones. Hay un pasaje terrible en el que Lachenal, que ya sabe que sus pies están congelados, manifiesta claramente sus dudas sobre continuar o no la ascensión, y llega a preguntarle a Herzog que decisión tomaría en el caso de que él se diera la vuelta. La respuesta de Herzog es definitiva: Si tu te vuelves, yo sigo-a lo que Biscante (Lachenal) respondió- entonces yo te sigo. A mi me parece que esto lo resume todo. Herzog, en esa situación no contempla otra cosa que no sea su victoria en la montaña. A esa altitud, en esa agonía del esfuerzo, en un entorno de hipoxia y descontrol, desde luego que no debe ser fácil, y no lo es tomar una decisión coherente, pero si en ese momento hubiera decidido descender, existe la posibilidad de que la cordada Rebuffat-Terray hubiera hecho cumbre, y lo más importante, que ninguno de los dos hubiera padecido el calvario de las congelaciones y las irreversibles y traumáticas consecuencias que de por vida tuvieron.
Y quién soy yo para poner en tela de juicio una decisión tomada a más de ocho mil metros hace más de cincuenta años? pues nadie, está claro, pero es que resulta que Terray está muerto, Rebuffatt está muerto y Lachenal también está muerto, y mientras, hoy en día Herzog sigue dando entrevistas en Desnivel como el héroe del Annapurna, y la verdad es que me toca un poco los cojones. Se que no soy imparcial; desde que escribo este Blog, no puedo evitar mencionar a Terray y Rebuffat cada dos por tres. No es solo porque sus proezas alpinisticas me parecen incomparables, también porque al escribir, con ellos la montaña cobra un sentido filosófico superior, más allá del estrictamente deportivo, humanizándola y naturalizándola hasta formar parte de ellos mismos. Son pescadores en una mar a la que respetan, quieren y temen, sin tratar de invadirla.
Por ello una vez más, yo, un "manolo" cualquiera declaro mi admiración por este par de "franchutes", que cada vez me apasionan más. Por lo que hicieron, por como lo hicieron y sobre todo por como lo contaron. Todo aquel que se haya manchado alguna vez las botas de barro en el monte y no le haya importado, debería leer alguno de los libros que estos dos escribieron. Puedo asegurar que sentirán lo mismo que yo.
El libro es sin duda apasionante, y da fe de que aunque a veces la casualidad hace que las cosas vayan bien, cuando concienzudamente se reunen los mejores alpinistas y los mejores medios, las posibilidades de exito se incrementan exponencialmente. Ese es el caso de esta conquista, en la que el mejor grupo de alpinistas que ha dado Francia, se juntó en la misma generación y colaboraron en equipo para tal empresa. El éxito fue icontestable: primera conquista del Annapurna- primer ochomil.
En realidad, desde el punto de vista técnico, no me parece que el libro revele grandes soluciones en la montaña. Hay que tener en cuenta que los franceses contaron con una tecnología diez años avanzada con respecto a su época, y que el autor Maurize Herzog, no se entretiene tanto en detallar pasajes de dificultad así como en describir su gestión de la logística y las distribuciones del trabajo. Esto, como humildde lector la verdad es que me interesa poco, pues al final, con mayores o menores diferencias, todas aquellas expediciones eran grandes empresas militares; asediar hasta la victoria. No obstante, sería muy peregrino no reconocer lo que desde toda perspectiva constituye la segunda gran proeza de la expedición: la aproximación y la retirada. Cómo me gustaría poder preguntarle a Rebuffat, a Terray, Oudot, Lachenal, Schatz, o al mismo Herzog qué les pareció más duro: la interminable secuencia de subidas y bajadas de la montaña hasta culminar la ascensión con la victoria sobre la cumbre, o las cinco semanas de retirada por un terreno inhóspito bajo los zarpazos del Monzón y el sufrimiento de las congelaciones, los insoportables tratamientos y el dolor de las amputaciones. Es que acaso las semanas de aproximación no fueron en si mismas toda una aventura? Sin mapas de la zona, sin conocimientos previos de las montañas; sin saber cuál era la mejor eleccion, Daulaghiri o Annapurna... Respuesta difícil supongo, pero lo que no cabe duda es que se trata de una hazaña en toda regla y que su relevancia está más allá de gustos literarios, pues forma parte de la épica, de la verdadera historia del Alpinismo.
Para todos ello, aquella aventura supuso un antes y un después en sus vidas. Herzog aun vive, no así Rebuffat, Terray o Lachenal. La suya no fue una retirada convencional de la montaña, sino una huida en toda regla, y solo gracias a la fortaleza de unos y al aguante de otros, pudieron regresar a su patria, eso si, algunos en unas condiciones que ya perdurarían para toda la vida. Herzog perdió todos los dedos de las manos y pies (de hecho el libro no lo escribió, sino que lo dictó durante su estancia en el hospital), y desde tan joven ya supo que la alegre vida de las cimas se había acabado para él. Mentalizarse para eso debío de ser muy duro, pero afrontar la nueva vida en tales circunstancias de merma física, debío ser mucho peor. Aun así, gracias a su brillantez y clarividencia, los políticos de la República pronto aprovecharon sus cualidades de gestión, y uno tras otro acomemetió diversos puestos de relevancia llegando a ser Ministro de Deportes durante el gobierno del General De Gaulle.
Una vez he dada toda esta cera al amigo Herzog, diré que a mi este tío no me acaba de gustar. Veamos, como es lógico mi juicio es absolutamente condicionado a lo que leo, y en ningún caso pretendo con ello dar a entender que me internado en su personalidad. Nada más lejos. Pero todo el que escribe de alguna manera se vacía, y más tarde o más temprano, salen a la superficie sentimientos profundos que revelan la auténtica personalidad. Digo que no me acaba de gustar, y me refiero a que Herzog es un jefe de expedición que a mi entender, antepuso su ambición personal a todo lo demás, y aunque hoy en día aun recuerda con cariño y agradecimiento a sus compañeros "salvadores", lo cierto es que los que verdaderamente fueron el alma y soporte de la cumbre no llegaron a subir, y el tuvo mucho que ver en ello. Terray y Rebuffat, Rebuffat y Terray son a mi entender los mejores exponentes del verdadero montañero. Solo por ellos y gracias a ellos, Lachenal y Herzog conservaron sus vidas: por su esfuerzo, por su sacrificio y por anteponer la vida de los otros a los intereses personales. Porque si había alguien en condiciones de hacer cumbre con éxito y sin tanto peligro de congelaciones ese era Terray, pues era el más fuerte del grupo, y además estaba más descansado. Lachenal y Herzog hacen cumbre porque se entregan a ella. La imagen de la cumbre les ciega los sentidos y esa arista cimera les hace subir y subir cuando ya estaban en condiciones precarias y aparecían los primeros indicios de congelaciones. Hay un pasaje terrible en el que Lachenal, que ya sabe que sus pies están congelados, manifiesta claramente sus dudas sobre continuar o no la ascensión, y llega a preguntarle a Herzog que decisión tomaría en el caso de que él se diera la vuelta. La respuesta de Herzog es definitiva: Si tu te vuelves, yo sigo-a lo que Biscante (Lachenal) respondió- entonces yo te sigo. A mi me parece que esto lo resume todo. Herzog, en esa situación no contempla otra cosa que no sea su victoria en la montaña. A esa altitud, en esa agonía del esfuerzo, en un entorno de hipoxia y descontrol, desde luego que no debe ser fácil, y no lo es tomar una decisión coherente, pero si en ese momento hubiera decidido descender, existe la posibilidad de que la cordada Rebuffat-Terray hubiera hecho cumbre, y lo más importante, que ninguno de los dos hubiera padecido el calvario de las congelaciones y las irreversibles y traumáticas consecuencias que de por vida tuvieron.
Y quién soy yo para poner en tela de juicio una decisión tomada a más de ocho mil metros hace más de cincuenta años? pues nadie, está claro, pero es que resulta que Terray está muerto, Rebuffatt está muerto y Lachenal también está muerto, y mientras, hoy en día Herzog sigue dando entrevistas en Desnivel como el héroe del Annapurna, y la verdad es que me toca un poco los cojones. Se que no soy imparcial; desde que escribo este Blog, no puedo evitar mencionar a Terray y Rebuffat cada dos por tres. No es solo porque sus proezas alpinisticas me parecen incomparables, también porque al escribir, con ellos la montaña cobra un sentido filosófico superior, más allá del estrictamente deportivo, humanizándola y naturalizándola hasta formar parte de ellos mismos. Son pescadores en una mar a la que respetan, quieren y temen, sin tratar de invadirla.
Por ello una vez más, yo, un "manolo" cualquiera declaro mi admiración por este par de "franchutes", que cada vez me apasionan más. Por lo que hicieron, por como lo hicieron y sobre todo por como lo contaron. Todo aquel que se haya manchado alguna vez las botas de barro en el monte y no le haya importado, debería leer alguno de los libros que estos dos escribieron. Puedo asegurar que sentirán lo mismo que yo.
viernes, 7 de enero de 2011
Reincidentes.
Otra vez aquí. Otro rollo, lesión y hospital... esta mañana el tiempo está cambiando y a mi compañero lituano se lo han bajado a operar, es momento de escribir algo.
Esta vez no ha sido haciendo ninguna actividad arriesgada, ni por asomo, simplemente, un resbalón casero y un mal gesto han bastado para hacerme añicos la rotula de la rodilla izquierda, esa que ya de por si estaba hecha unos zorros. Por lo pronto, ya se que el martes tengo programado quirófano para reconstruirla, y si es posible y todo va bien, trataran de simultáneamente hacer la mosaico-plastia que tenía pendiente para febrero, por lo que mataríamos dos pájaros de un tiro. Pero claro, teniendo en cuenta que de por si, lo de la rótula es un rollo de los gordos con "hierros" incluidos, habrá que ver como se tercia la cosa y si verdaderamente es viable hacer las dos intervenciones a la vez.
Que te pase una cosa de estas es una putada siempre y no se lo deseo a nadie, pero empiezo a estar un poco harto de que el tuerto de los cojones me mire solo a mi. Sigo siendo optimista en cuanto al pronostico, pues soy aun joven y me encuentro capacitado para todo tipo de situaciones adversas. Pero tener huevos es una cosa y cruzar el umbral del dolor como costumbre es otra. No quiero que suene victimista ni nada por el estilo, pero puedo asegurar que lo de la otra tarde me dolió como jamas me ha dolido nunca nada, y goteras por desgracia tengo unas cuantas. Solo el hecho de recordarlo me hace estremecer, y por primera vez en mi vida tengo que decir que tuve un miedo espantoso por lo que me había pasado.
Hoy las cosas ya empiezan a verse diferentes. Ya se que esto acaba de empezar (otra vez) pero por suerte o por desgracia hoy en día existen unas drogas magníficas que te tienen todo el santo día medio agilipollado y que si no fuera por la escayola, ni te darías cuenta de qué te hace estar tanto tiempo postrado en la cama. Me quedan unos días aun para que me peguen el tajo, y trataré de llevarlos con paciencia y buen humor, como no puede ser de otra manera, pero pensar que hace un par de semanas andurreaba feliz por sierras de Cazorla, y que hoy mismo había quedado para pegar un pateo por el monte, la verdad es que dan ganas de atizarse catorce Capitán Morgan y que salga el sol por donde quiera. Que coño, por lo menos siempre nos quedará inaugurar pantanos.
Esta vez no ha sido haciendo ninguna actividad arriesgada, ni por asomo, simplemente, un resbalón casero y un mal gesto han bastado para hacerme añicos la rotula de la rodilla izquierda, esa que ya de por si estaba hecha unos zorros. Por lo pronto, ya se que el martes tengo programado quirófano para reconstruirla, y si es posible y todo va bien, trataran de simultáneamente hacer la mosaico-plastia que tenía pendiente para febrero, por lo que mataríamos dos pájaros de un tiro. Pero claro, teniendo en cuenta que de por si, lo de la rótula es un rollo de los gordos con "hierros" incluidos, habrá que ver como se tercia la cosa y si verdaderamente es viable hacer las dos intervenciones a la vez.
Que te pase una cosa de estas es una putada siempre y no se lo deseo a nadie, pero empiezo a estar un poco harto de que el tuerto de los cojones me mire solo a mi. Sigo siendo optimista en cuanto al pronostico, pues soy aun joven y me encuentro capacitado para todo tipo de situaciones adversas. Pero tener huevos es una cosa y cruzar el umbral del dolor como costumbre es otra. No quiero que suene victimista ni nada por el estilo, pero puedo asegurar que lo de la otra tarde me dolió como jamas me ha dolido nunca nada, y goteras por desgracia tengo unas cuantas. Solo el hecho de recordarlo me hace estremecer, y por primera vez en mi vida tengo que decir que tuve un miedo espantoso por lo que me había pasado.
Hoy las cosas ya empiezan a verse diferentes. Ya se que esto acaba de empezar (otra vez) pero por suerte o por desgracia hoy en día existen unas drogas magníficas que te tienen todo el santo día medio agilipollado y que si no fuera por la escayola, ni te darías cuenta de qué te hace estar tanto tiempo postrado en la cama. Me quedan unos días aun para que me peguen el tajo, y trataré de llevarlos con paciencia y buen humor, como no puede ser de otra manera, pero pensar que hace un par de semanas andurreaba feliz por sierras de Cazorla, y que hoy mismo había quedado para pegar un pateo por el monte, la verdad es que dan ganas de atizarse catorce Capitán Morgan y que salga el sol por donde quiera. Que coño, por lo menos siempre nos quedará inaugurar pantanos.
miércoles, 29 de diciembre de 2010
En degenerando...
Cuenta la anécdota que cierto banderillero ex-miembro de la cuadrilla de un famoso matador, cuando fue preguntado por éste sobre cómo había llegado a ser gobernador civil de una gran ciudad, respondió con un lacónico "en degenerando, degenerando...". Y es que muchas veces, lo que empieza siendo una cosa, "en degenerando degenerando" termina siendo otra completamente diferente.
De poco vale ahora pensar en que las intenciones son siempre las mejores, que los planes iniciales no son siempre definitivos, o que los imprevistos son eso, imprevistos. A lo pasado tierra, si, ¿pero acaso no conviene volver atrás la mirada antes de enterrarlo?
Cuando llego a un hotel, a un comercio o a donde sea que tengan esas urnas de metacrilato con una cajetilla de impresos de sugerencias al lado, siempre me da un poco de risa. ¿Quién cojones se lee eso? ¡Menuda chorrada! Osea que "Pepe NH" o "Manolo Meliá" me van a hacer caso, y a partir de ahora van a poner el zumo de naranja natural en vez de la mierda esa que ponen. La verdad, no lo creo. Y como no lo creo, me ahorro el esfuerzo, y directamente me tomo un Omeprazol por si acaso se me ocurre la majadería de echarme un vaso de esa inmundicia. Ahora, que no me vendan la burra, y que no me digan que el zumo está de lujo cuando ni el mejor de los inhibidores de la bomba de protones detiene la regurgitación de ácidos gastricos y la pirosis nocturna, porque entonces es cuando la auto-complacencia y la irrealidad se convierten en desagradables estridencias.
Cometer fallos nos humaniza, y asumirlos nos dignifica, pero si además de eso tratamos de remediarlos, seremos ejemplo ante los ojos de los demás, y eso ni se compra con dinero ni se adquiere con trabajo, simplemente lo da el valor humano más extraño de todos: la humildad.
Compartir estos días ha sido inolvidable, y de todos y cada uno de los presentes, el recuerdo que perdurará será siempre el mejor, pues en la naturaleza, los buenos momentos adquieren por derecho la élfica inmortalidad. Aun así, no me puedo resistir a citar algunas de las compañas que me han hecho disfrutar de manera especial: "Amigo, Gran Amigo" Rafa Mateos, (perdón por el parafraseo Rafica!)ejemplo del buen compañero siempre dispuesto a ayudar, abnegación por oficio, prudencia como sacrificio; El "Pere", que el año pasado ya me dejo marcado con sus experiencias pero que este año ha destapado el tarro de las esencias del buen montañero solidario, ¡y ese perro!; Alejandro, que parece el joven Harvey de los Capitanes Intrépidos de Kipling: ayer impartió lecciones de madurez sin despeinarse, ¡qué tío!; Noelia, Eva y Marité, o lo que es lo mismo, manual de como adaptarse al entorno, y adaptar el entorno a uno mismo; Pipo, el sentido del humor que esconde la superioridad sobre la montaña, más duro, pues más optimismo, ¡hay quien nace coño!; Fernando: ¡a donde sea!, tu guías, yo te sigo, y mientras a pasarlo bien con las parábolas, La Perlita, el atardecer o la psoriasis sin ser de Soria, porque el monte es eso, a las duras y a las maduras. Y Belén, y Manolo, y Pepe, y Jesús, y Dian, y Trini, y Amador, y José, Paco...y todos con los que he compartido gratas experiencias.
Se va un año lleno de complicaciones y situaciones adversas para muchos, pero como siempre, el optimismo debe permanecer pues así, afrontar nuevos desafíos se hace más llevadero. Nadie sabe que pasará en los próximos doce meses, pues de igual forma que se han cumplido retos tan importantes y notorios como una Vuelta a Sierra Nevada por la Ruta Sulayr o una exitosa expedición a las Cumbres Andinas, los inconvenientes en forma de lesiones, las incompatibilidades laborales, o simples pero siempre definitivos cambios familiares pueden hacer que nuestros deseos no se lleven bien con la suerte, y que nos quedemos en dique seco, recluidos como legionarios romanos en nuestros particulares cuarteles de invierno. Todo se verá, mientras tanto, como hacerse ilusiones es gratis, yo ya he empezado a imaginar dónde iremos la próxima vez...
Pd. Suerte y ánimo para la organizadora, seguro te luces. ¡Vivan los Hijos del Naute!
lunes, 20 de diciembre de 2010
Alea Jacta Est.
Se acerca la hora, así que irremediablemente ya acechan los nervios. Para mi ha sido, es y espero que sea inevitable. Siempre, y digo SIEMPRE, que llega la víspera de una actividad en la montaña, me lleno de nerviosismo y de impaciencia. Solo el hecho de imaginar situaciones futuras ya me llena de satisfacción y disfrute, pues para mi, ya ha comenzado la aventura. Y da igual que sea un paseo matutino por el monte bajo, que una gran travesía de varios días por las altas cumbres, ¡o como si es un día de esquí! Ya los días previos son parte en si misma de la acción, y cuanto mas se acercan las horas, mayor es el estado de ansiedad y de nerviosismo.
La cabeza se me llena de ilusiones y de situaciones maravillosas, por no decir que pensar en el material, elegirlo y meterlo en la mochila se convierte muchas veces en uno de los mayores placeres del propio destino. ¿Qué llevar? , ¿qué no?, ¡qué dilema! Si como dice el gran Manolo Navarro, el Montañismo es el arte de vestirse y desvestirse; hacer bien la mochila es un Máster en Gestión y Administración de Empresas.
¿Y a qué viene todo esto? Pues muy sencillo: el próximo día veintiséis de diciembre comienza el II Encuentro de Montaña y Aventura, y aunque cojo e impedido cual Calamaro abatido y desalmado, allí estaré para compartir con buenos compañeros y amigos tres días de camaradería, aventuras y experiencias: alimento del espíritu, no os quepa duda.
Lo que pase, se contará después, pero seguro que tanto los que se peguen los pateos como los que quedemos en retaguardia en nuestros personales cuarteles de invierno, viviremos y gozaremos de gratas experiencias. Ya se escribirá.
¿Y el año pasado? Pues entonces tuvimos un debut de lo más especial. De la mano de el Intrépido de los Intrépidos, el Gran Pepe Baena "Messner" que entonces se encargó del diseño y organización, nos plantamos casi una veintena de hambrientos de aventura dispuestos a casi cualquier cosa, y vaya si nos exprimió. Cierto es que a la reunión se apuntó también una pertinaz lluvia que elevó la primera jornada a cotas de "lo imposible", demostrándonos empíricamente que la Naturaleza hace y deshace a su verdadero antojo, y que ante su fuerza desatada, nada somos los pequeños mortales. Tengo muchas imágenes guardadas: por el carril hacía el Postero Alto con los 4x4, viendo en directo como desaparecían los caminos ante las decenas de torrentes indomables que se formaban en cada uno de los barrancos; pertrechándonos antes de la batalla, con cara de "todo controlado" pero con la faraónica pirámide de la duda agrandándose cada vez más en nuestras cabezas mientras observábamos que el clima no tenía pensado darnos la más mínima tregua. ¡Y también tengo la imagen de la derrota convertida en victoria! La montaña rezumaba agua sin parar, y el cielo se había caído sobre nuestras cabezas durante horas, y aun así, las ganas de estar y de convivir pronto hicieron que las soluciones y las alternativas aparecieran como primeros claros tras la tormenta, y finalmente, lo que había comenzado como un fracaso terminó como parte en si misma de la expedición, sin la cual ya nada hubiera sido lo mismo. Pero sin duda, si me he de acordar de una imagen de esa jornada es la del indomable y por que no decirlo, algo irresponsable Pepe "Messner" tratando de cruzar el Naute a base de destreza y "testiculina", cuando absolutamente todos y cada uno de los allí presentes asistíamos incrédulos al espectáculo de sus intento, mientras que nuestros rictus terciaban de preocupación a admiración con la misma facilidad con la que un niño pequeño llora o ríe.
El segundo día fue el de la reconciliación con la Naturaleza. Nosotros, pequeños seres no mas importantes para ella que un árbol, habíamos tratado de ultrajar sus montañas con el solo pretexto de la voluntad y el deseo, y eso como siempre había sido motivo de desagravio y consecuente dosis de venganza, de manera que tras unos cuentos directos a la barbilla y un par de ganchos a nuestro orgullo, en muy poquito tiempo nos hubo colocado en nuestro sitio, eso si, guarecidos en la comodidad de las calderas y las confortables estancias de Capileira. Y tras una noche inolvidable, quizá más para unos que para otros, pero de disfrute en general, las nubes y el agua nieve dieron paso a un cielo raso de luminosidad infinita y de condiciones maravillosas para nuestro empeño. Ayer perdimos si, pero hoy ya hemos ganado. ¡Qué importante es la cabeza en la montaña! Con un día así, uno se siente capaz de cualquier cosa; de subir a dónde sea.
Imágenes tengo a patadas, algunas duraron un solo segundo, otras tardaron horas en desvanecerse, pero todas forman parte de un día de montaña de verdad: el inicio por el pinar en la aproximación al Refugio del Poqueira; las primeras huellas de las suelas en la nieve; el Veleta y Los Machos como fondo de pantalla; la lejanía del destino; ¡la imprudencia de mi caída!, las diferentes velocidades de cada montañero..., la maravillosa soledad de un atardecer en la cara oeste del Mulhacén viendo ponerse el sol en el horizonte del Atlas Africano; el cañón de luz del frontal rompiendo la oscuridad de la cima mientras miles de partículas de hielo ventean y ensordecen cualquier posibilidad de silencio y tregua; las luces del refugio en mitad de la gélida noche mientras que lo único que se escucha es la respiración propia y el sonido de los crampones sobre la nieve y el hielo...música celestial! Sin duda, ninguna de ellas se ha borrado de mi memoria, ni lo hará desde luego, pero si me he de quedar con alguna, me quedo con la de después: tres mesas de compañeros comiendo del mismo plato, riendo con las mismas cosas, viviendo el mismo placer, el placer de la montaña. Unos subieron y otros no, pero daba igual pues el objetivo no estaba por encima de los tres mil, sino que se encontraba exactamente alrededor de esas mesas donde ahora nuestros ojos enrojecidos por el viento y el esfuerzo, brillaban de felicidad y plenitud.
Corta fue la tregua sin duda, pues a la mañana siguiente de nuevo amanecimos con un tiempo detestable, valido para sentarse a tomar café, charlar y mirar por loa ventana, pero inútil si lo que se quiere es disfrutar de una jornada de montaña. Aun así, también vale para acumular buenas experiencias, y de esa manera, un a priori descenso tedioso y lleno de fatiga, se convirtió en una tercera jornada de buen andurreo con comilona final incluida, e inicio de futuras hostilidades ante las que dentro de pocos días nos vamos a enfrentar. La montaña da para eso y mucho más, pero si me he de quedar con un recuerdo, me quedo con el rato de calzarnos las botas antes de salir a la intemperie. En aquel cuarto repleto de humedad y frío, no solo dejamos atrás los zuecos con los que nos habíamos movido por el comedor, pues mientras nos atábamos los cueros y los cubríamos con las polainas, también dejábamos un trozo de nuestra alma con el deseo de volver muy pronto a recuperarla. Qué sensación tan extraña la de querer quedarte y no poder hacerlo. Que ingrato, y que definitivo.
Muchas veces he pensado en cual es la clave para que a una persona le guste una cosa y a otra no. Somo todos diferentes, lo se, pero en realidad, en el entorno social en el que vivimos, las diferencias no son tan abismales, y de hecho, son muchas mas las cosas con las que coincidimos que con las que nos diferenciamos. Salvo los necios o los que padezcan agorafobia, todo el mundo es capaz de encontrar la belleza de las montañas y las cumbres, de los espacios abiertos y los paisajes infinitos, y sin embargo, no todo el mundo está dispuesto a pagar el precio que requiere observar y vivir tal lujo para los sentidos. Un montañero, aparte de tecnicismos y demás controversias por edad, acción o afición, es aquel que aunque no lo sabe, de manera innata tiene tendencia a ascender obstáculos naturales, pues en definitiva siente que siempre hay una parte de el que permanece arriba, y que con el tiempo incluso él mismo, comienza a pertenecer poco a poco a esa cumbre.
Ni que decir tiene que este año de cojera me tocan otros menesteres, y en vez de llevar la chaqueta de Gore-Tex y las botas , sería mejor que llevara el mandil que me compré en Ikea hace un par de años. Pero bueno, igual que leer a Messner, a Simpsom o a Herzog también es una manera de subir montañas, estar con los amigos y ver en sus caras el destello de la felicidad, compartir sus penas y alegrías, o escuchar sus historias también es una manera de sentirse un poco montañero.
La cabeza se me llena de ilusiones y de situaciones maravillosas, por no decir que pensar en el material, elegirlo y meterlo en la mochila se convierte muchas veces en uno de los mayores placeres del propio destino. ¿Qué llevar? , ¿qué no?, ¡qué dilema! Si como dice el gran Manolo Navarro, el Montañismo es el arte de vestirse y desvestirse; hacer bien la mochila es un Máster en Gestión y Administración de Empresas.
¿Y a qué viene todo esto? Pues muy sencillo: el próximo día veintiséis de diciembre comienza el II Encuentro de Montaña y Aventura, y aunque cojo e impedido cual Calamaro abatido y desalmado, allí estaré para compartir con buenos compañeros y amigos tres días de camaradería, aventuras y experiencias: alimento del espíritu, no os quepa duda.
Lo que pase, se contará después, pero seguro que tanto los que se peguen los pateos como los que quedemos en retaguardia en nuestros personales cuarteles de invierno, viviremos y gozaremos de gratas experiencias. Ya se escribirá.
¿Y el año pasado? Pues entonces tuvimos un debut de lo más especial. De la mano de el Intrépido de los Intrépidos, el Gran Pepe Baena "Messner" que entonces se encargó del diseño y organización, nos plantamos casi una veintena de hambrientos de aventura dispuestos a casi cualquier cosa, y vaya si nos exprimió. Cierto es que a la reunión se apuntó también una pertinaz lluvia que elevó la primera jornada a cotas de "lo imposible", demostrándonos empíricamente que la Naturaleza hace y deshace a su verdadero antojo, y que ante su fuerza desatada, nada somos los pequeños mortales. Tengo muchas imágenes guardadas: por el carril hacía el Postero Alto con los 4x4, viendo en directo como desaparecían los caminos ante las decenas de torrentes indomables que se formaban en cada uno de los barrancos; pertrechándonos antes de la batalla, con cara de "todo controlado" pero con la faraónica pirámide de la duda agrandándose cada vez más en nuestras cabezas mientras observábamos que el clima no tenía pensado darnos la más mínima tregua. ¡Y también tengo la imagen de la derrota convertida en victoria! La montaña rezumaba agua sin parar, y el cielo se había caído sobre nuestras cabezas durante horas, y aun así, las ganas de estar y de convivir pronto hicieron que las soluciones y las alternativas aparecieran como primeros claros tras la tormenta, y finalmente, lo que había comenzado como un fracaso terminó como parte en si misma de la expedición, sin la cual ya nada hubiera sido lo mismo. Pero sin duda, si me he de acordar de una imagen de esa jornada es la del indomable y por que no decirlo, algo irresponsable Pepe "Messner" tratando de cruzar el Naute a base de destreza y "testiculina", cuando absolutamente todos y cada uno de los allí presentes asistíamos incrédulos al espectáculo de sus intento, mientras que nuestros rictus terciaban de preocupación a admiración con la misma facilidad con la que un niño pequeño llora o ríe.
El segundo día fue el de la reconciliación con la Naturaleza. Nosotros, pequeños seres no mas importantes para ella que un árbol, habíamos tratado de ultrajar sus montañas con el solo pretexto de la voluntad y el deseo, y eso como siempre había sido motivo de desagravio y consecuente dosis de venganza, de manera que tras unos cuentos directos a la barbilla y un par de ganchos a nuestro orgullo, en muy poquito tiempo nos hubo colocado en nuestro sitio, eso si, guarecidos en la comodidad de las calderas y las confortables estancias de Capileira. Y tras una noche inolvidable, quizá más para unos que para otros, pero de disfrute en general, las nubes y el agua nieve dieron paso a un cielo raso de luminosidad infinita y de condiciones maravillosas para nuestro empeño. Ayer perdimos si, pero hoy ya hemos ganado. ¡Qué importante es la cabeza en la montaña! Con un día así, uno se siente capaz de cualquier cosa; de subir a dónde sea.
Imágenes tengo a patadas, algunas duraron un solo segundo, otras tardaron horas en desvanecerse, pero todas forman parte de un día de montaña de verdad: el inicio por el pinar en la aproximación al Refugio del Poqueira; las primeras huellas de las suelas en la nieve; el Veleta y Los Machos como fondo de pantalla; la lejanía del destino; ¡la imprudencia de mi caída!, las diferentes velocidades de cada montañero..., la maravillosa soledad de un atardecer en la cara oeste del Mulhacén viendo ponerse el sol en el horizonte del Atlas Africano; el cañón de luz del frontal rompiendo la oscuridad de la cima mientras miles de partículas de hielo ventean y ensordecen cualquier posibilidad de silencio y tregua; las luces del refugio en mitad de la gélida noche mientras que lo único que se escucha es la respiración propia y el sonido de los crampones sobre la nieve y el hielo...música celestial! Sin duda, ninguna de ellas se ha borrado de mi memoria, ni lo hará desde luego, pero si me he de quedar con alguna, me quedo con la de después: tres mesas de compañeros comiendo del mismo plato, riendo con las mismas cosas, viviendo el mismo placer, el placer de la montaña. Unos subieron y otros no, pero daba igual pues el objetivo no estaba por encima de los tres mil, sino que se encontraba exactamente alrededor de esas mesas donde ahora nuestros ojos enrojecidos por el viento y el esfuerzo, brillaban de felicidad y plenitud.
Corta fue la tregua sin duda, pues a la mañana siguiente de nuevo amanecimos con un tiempo detestable, valido para sentarse a tomar café, charlar y mirar por loa ventana, pero inútil si lo que se quiere es disfrutar de una jornada de montaña. Aun así, también vale para acumular buenas experiencias, y de esa manera, un a priori descenso tedioso y lleno de fatiga, se convirtió en una tercera jornada de buen andurreo con comilona final incluida, e inicio de futuras hostilidades ante las que dentro de pocos días nos vamos a enfrentar. La montaña da para eso y mucho más, pero si me he de quedar con un recuerdo, me quedo con el rato de calzarnos las botas antes de salir a la intemperie. En aquel cuarto repleto de humedad y frío, no solo dejamos atrás los zuecos con los que nos habíamos movido por el comedor, pues mientras nos atábamos los cueros y los cubríamos con las polainas, también dejábamos un trozo de nuestra alma con el deseo de volver muy pronto a recuperarla. Qué sensación tan extraña la de querer quedarte y no poder hacerlo. Que ingrato, y que definitivo.
Muchas veces he pensado en cual es la clave para que a una persona le guste una cosa y a otra no. Somo todos diferentes, lo se, pero en realidad, en el entorno social en el que vivimos, las diferencias no son tan abismales, y de hecho, son muchas mas las cosas con las que coincidimos que con las que nos diferenciamos. Salvo los necios o los que padezcan agorafobia, todo el mundo es capaz de encontrar la belleza de las montañas y las cumbres, de los espacios abiertos y los paisajes infinitos, y sin embargo, no todo el mundo está dispuesto a pagar el precio que requiere observar y vivir tal lujo para los sentidos. Un montañero, aparte de tecnicismos y demás controversias por edad, acción o afición, es aquel que aunque no lo sabe, de manera innata tiene tendencia a ascender obstáculos naturales, pues en definitiva siente que siempre hay una parte de el que permanece arriba, y que con el tiempo incluso él mismo, comienza a pertenecer poco a poco a esa cumbre.
Ni que decir tiene que este año de cojera me tocan otros menesteres, y en vez de llevar la chaqueta de Gore-Tex y las botas , sería mejor que llevara el mandil que me compré en Ikea hace un par de años. Pero bueno, igual que leer a Messner, a Simpsom o a Herzog también es una manera de subir montañas, estar con los amigos y ver en sus caras el destello de la felicidad, compartir sus penas y alegrías, o escuchar sus historias también es una manera de sentirse un poco montañero.
jueves, 16 de diciembre de 2010
Brevería: La Parada Biológica.
Si pudiera, me gustaría poder decir algo nuevo del rollo este de la operación galgo y sus supuestos traficantes, pero la verdad es que cada día que pasa, las cosas me parecen más disparatadas, y poco a poco, tengo la sensación de que todos aquellos que son sospechosos, son culpables sin más, pasando o no pasando, por mayor o menor cantidad, dando o no positivo, ganando o no ganando, les hayan trincado o no.
Y lo mejor de todo es que me importa un rábano. Es más, cada día estoy mas convencido de que puesto que la vuelta al deporte amateur es imposible, se debería permitir y no controlar el doping, dejándolo en manos del deportista y de su profesionalidad. El deporte es espectáculo, desde la liga BBVA hasta la Olimpiada, todo está influenciado por los intereses económicos de cadenas de televisión, de marcas deportivas o de la puñetera Coca-Cola, así que si queremos que el deporte siga batiendo récords y marcas, o nos quitamos de encima la hipocresía reinante y asumimos el consumo como algo necesario, o nos vamos a hartar de reír a medida que vayan cayendo los supuestos héroes nacionales e internacionales.
Mientras tanto, solo una cosa más: ¿de verdad hay alguien que crea que los civiles se van a arriesgar a entrar en la casa de Marta Domínguez sin estar seguros del resultado?
El caso es que cuando hablar de deporte está irremediablemente atado a hablar de drogas, de lo que me da gana es de someter el tema a un periodo de barbecho forzoso, que como casi siempre viene de maravilla para todas las cosas. Ademas, teniendo en cuenta que en la montaña en principio está permitido el consumo de casi cualquier cosa, pues confieso a los cuatro vientos mi culpabilidad y señoría, asumo los cargos: me he dopado y me dopo.
Y lo mejor de todo es que me importa un rábano. Es más, cada día estoy mas convencido de que puesto que la vuelta al deporte amateur es imposible, se debería permitir y no controlar el doping, dejándolo en manos del deportista y de su profesionalidad. El deporte es espectáculo, desde la liga BBVA hasta la Olimpiada, todo está influenciado por los intereses económicos de cadenas de televisión, de marcas deportivas o de la puñetera Coca-Cola, así que si queremos que el deporte siga batiendo récords y marcas, o nos quitamos de encima la hipocresía reinante y asumimos el consumo como algo necesario, o nos vamos a hartar de reír a medida que vayan cayendo los supuestos héroes nacionales e internacionales.
Mientras tanto, solo una cosa más: ¿de verdad hay alguien que crea que los civiles se van a arriesgar a entrar en la casa de Marta Domínguez sin estar seguros del resultado?
El caso es que cuando hablar de deporte está irremediablemente atado a hablar de drogas, de lo que me da gana es de someter el tema a un periodo de barbecho forzoso, que como casi siempre viene de maravilla para todas las cosas. Ademas, teniendo en cuenta que en la montaña en principio está permitido el consumo de casi cualquier cosa, pues confieso a los cuatro vientos mi culpabilidad y señoría, asumo los cargos: me he dopado y me dopo.
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